No es que yo sea frágil, lo que sucede es que no puedo dejar de quejarme de mis manos y de mis ojos, que no te miran y no te tocan, ni de mis piernas que ya no tiemblan, ni de la fuerza de mi estomago, ni de mi necio cabello.
Me quejo de mi bendita soledad y del obscuro cuarto en el que soy feliz, ya no soporto este sudor frio ni esta memoria mía que ya no te busca, me quejo de mi temple, me quejo de lo bueno que soy sin ti. Me quejo de mi estúpido ser que cree no necesitarte.
|