REFLEXIONES SOBRE MI VIDA
Nací en el mar. El aire salobre, el sonido perenne de las olas y la temperatura cambiante del agua corren por mis venas. Esa montaña imponente en el horizonte es el dios que todo lo llena. Los pasos cortos entre oleajes y travesuras quedaron atrás. Otras calles, ideas y ocupaciones llenaron mi mente, más no mi corazón. Mi alma gime por aquellos días cuando las luciérnagas asombraban, no existía el reloj y pedíamos deseos a las estrellas fugaces. Ahora las paredes son macizas y altas, el ruido ensordecedor es constante y las noches están llenas de sueños voraces que exprimen la existencia…
Ayer volví al mar. Estaba exaltado. Sus olas golpeaban con furia contra las rocas. Gritaba a todos los vientos, y yo sé que me gritaba a mí. Me sumergí en sus misterios, mi temperatura se acopló a la suya. Sus olas acariciaban mi piel dormida. Sus corrientes me llevaron súbitamente a sus profundidades. La vida se reduce a un segundo. El segundo más consciente e importante de la existencia. El trance entre vivir a no vivir, o el de no vivir a vivir, quién sabe. La lucha entre el espíritu y la materia (que es decirlo todo, y la vez, decir nada). Un hálito de aíre viene por mi rescate, o por mi sepultura (quizás sea lo mismo). Extenuado, me senté a admirar las maravillar del lugar donde nací, y en el cual, tengo la sensación, volveré a nacer.
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