La incomodidad quema los parpados,
los muerde, los rasga
como manos inquietas
de un gato instintivo.
El frío apega su inclemencia
a las heridas sangrantes,
inyectando en ellas
un dolor agudo, filoso,
que pudre las ganas de reiterarme
en el mismo lugar.
Un azote tras otro
y el desenfreno comienza
a poseer los ojos,
a contraer las manos frustradas e inútiles,
a mal formar pensamientos,
forzando al latir,
a la vida no deseada,
al odio destellante en las palabras,
entumeciendo las piernas.
Caigo súbitamente y sin aliento,
el reloj marca la culmine estadía,
el cerrar los ojos,
la inconciencia.
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