Pasé por un parque y vi algo que me puso muy triste: donde antes florecían innumerables rosas, el jardinero sólo había dejado ramitas desnudas. Y de pronto, entre tanta devastación, vi un botón sobreviviente, que con su peso y la ayuda del viento doblaba casi hasta el suelo la ramita que lo sostenía. Y entonces, me di cuenta de que en ese parque no había un jardinero, sino un escultor: porque un jardín con un botón de rosa en una ramita que se dobla entre rosas muertas sólo puede ser la escultura de la Esperanza.
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