Era un río cristalino, transcurriendo un paisaje de ficción. Brotaba desde su fuente, un lago azulado, y descendía rápidamente, sin ser interrumpido por piedras o cascadas. Cada instante, un telón aterciopelado rozaba la superficie del lago, y arrastraba las gotas hasta la orilla, que rebalsada, daba origen al río.
Nacido el río, surcaba un paisaje árido, sin flores ni árboles. Una montaña sin plantas, sin piedras, parecía marcar el único límite para aquel río, careciente de orillas. Y descendía pronto hasta llegar a un profundo foso, de bordes rojos. Las orillas del foso se abrían y cerraban espasmódicas, tragándose el río.
Acerqué mis labios a esas aguas. Eran saladas. Un río salado.
Alejé mi rostro del de ella y pregunté: ¿por qué lloras?
|