Hace ya un mes que el viejo se nos ha ido. Se fue al cielo de los justos a regar los árboles que en esta vida taladramos. Se fue a regarlos y a respirar aire puro. El ya no cabía en esta vida.
Solitario, se fue a otro mundo. Ermitaño en este, no se dejaba sentir, salvo por aquellas tardes en las cuales solía pasear por el parque vecinal viendo pasar a las señoras con sus hijos o a los adolescentes con sus perros. Hace un mes que ese viejo se nos ha muerto.
De paso lento, y carácter tozudo, el viejo defendió la naturaleza con su vida. El truhán en simbólico día, se disfrazó de gobernante, y mando a los dos al exilio: Al mencionado viejo y a su defendido árbol.
El viejo carajeo y se amotino en pleno Chaclacayo, en el cruce de Los Cedros con Los Olivos, allí al costado de su casa evitaba el exterminio de lo antiguo. El defendido árbol parecía llorar aquel día; nada podía hacer para evitar su destierro, solo seguir dando sombra en sus últimas horas y decir así ¿Por qué me quieren botar? El árbol no era estorbo de nadie, ni peligro de muchos, era mas bien un ser lleno de vida y salud que brindaba sombra a caminantes y belleza a enamorados, era un ejemplo de campo y una pintura al creador. La decisión había sido tomada y la testarudez consentida. No había lugar a reproches de viejos o niños, el truhán dijo corten y cortaron.
Sin salvación ambos, decidieron irse juntos, se despidieron con fuerza y dijeron un hasta luego. Hoy después de tiempo veo la casa, de aquel viejo, pintada por pillos y mozalbetes que no entendieron el mensaje, lejos de ello siguen el folklore del desorden, aquel que el viejo y el árbol combatieron.
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