Todo siamés teme, desde el momento en que conoce a la muerte, por la vida de su hermano. De noche, mientras lo escucha respirar en calma, tendido a su lado, tiembla y se come las uñas pensando en el día que aquel corazón tan cercano deje de latir. Se imagina en la calle, arrastrando al muerto como quien lleva un ancla, soportando miradas inquisitivas, sintiendo por dentro la necrosis de la carne. Llora y se agita, provoca al hermano una pesadilla. Luego se queda dormido. El otro despierta, lo escucha respirar en calma, tendido a su lado. |