El transcurrir del tiempo no alivió su penar, sino lo contrario, los días fueron semanas y estas meses de sufrimiento.
En su lánguido ánimo pesaba las deudas, los compromisos vergonzosamente postergados y, consecuencia de ese reflujo sin el alivio contrario, la pérdida paulatina e inevitable de lo poco que poseía.
La perspectiva de la soledad buscada como un acto de justicia por propia mano mostraba su cruda aparición. No ya como posibilidad, sino mensurable realidad en las caminatas agotadoras del trabajo a la casa. En la escasa cena y horas de desesperante aburrimiento frente al televisor. Y luego el insomnio despiadado.
Volvió a ser esclavo del cigarrillo y el licor barato.
Entonces decidió poner punto final a esa lenta agonía. Irrumpir en la alegría de la vida con una actitud despreocupada. Vivir a plenitud el momento, dando la espalda al futuro lleno de limitaciones.
Retiró del banco su paga quincenal, y con la billetera llena se sumergió en los placeres que anuncian los antros de la zona roja. Fueron un par de horas de copas, platillos, cigarrillos y grosero manoseo a la exuberante anatomía de una rubia oxigenada.
Un viaje solamente de ida. Porque el regreso, el resucitar de las cenizas ya no era posible.
Tampoco el instinto de sobre vivencia fue su aliado, porque la carrera para evitar la embestida de una pequeña caravana de automóviles solamente le alcanzó para llegar a la acera de enfrente, donde un paro cardíaco irrumpió evitandole la pena de sobrevivir el día siguiente en tan pobres y deplorables condiciones.
Una semana después una modesta colección de novelas, por todos sus haberes, fue a parar a los estantes de una librería de viejo, y el perro fiel a un asilo.
El pago del seguro permitió a sus allegados un leve respiro. Sus sospechas fueron realidad, valía más muerto que vivo.
En uno de los barrios más lujosos de la ciudad, un hombre regresa a su residencia después de una árdua y desalentadora jornada de trabajo. Le tranquiliza constatar que la cochera guarda la pequeña caravana de automóviles que suele escoltar a su mujer e hijos, y manda al criado somnoliento le prepare un whisky. Olfatea detenidamente un habano fino. Da un largo sorbo a su bebida y se dispone a olvidar lo mal que marcha el negocio. Dejar de pensar en esa obscena manía de los cuenta habientes de saldar sus deudas con su insignificante existencia.
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