Las cinco de la mañana es una buena hora, una hora hermosa. El hielo de la madrugada todavía disfraza, y por momentos, a las margaritas de edelweiss, una parodia alpina en cualquier sucio y respetable aglomerado de verde urbano. Los únicos perros que hay, son vagabundos y rompen con sus patas maltrechas la calma de los charcos. Una luz cenicienta, mezclada con el ambarino ocaso artificial de las farolas-ocaso a todas horas-, comienza a inundarlo todo lentamente, sin prisa. Es curioso como a tan tempranas horas, todo tiene ese sabor de pretérito, como si esa luz estuviese tamizada por un prisma de cientos de años.
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