ESPERAR LA LLUVIA.
Esperarla, recostado sobre el césped y desnudo. Era una idea antigua, acumulada en años de sentir la lluvia. Pero, era esperarla, desafiante, de cara a ella, con los ojos abiertos y una sonrisa orgullosa. Como una ceremonia antigua de esas salvajes y ardientes.
Al pasar por la plaza del pueblo, notó el aire tibio y la humedad insufrible de la lluvia. Lentamente se desnudó y arrojó al césped. Al contrario, sintió este áspero y frío. La primera gota cayó en el vientre y, al demorarse las otras, se evaporó con su calor. Luego una cascada celestial inundó su alma y el cuerpo se estremeció con toda esa quemazón húmeda.
Quiso quedarse hasta morir, pero no pudo por que su desafío fue el desafío de un par de policías que lo esposaron y llevaron detenido.
Pensó que las buenas ideas no suelen dar provecho, pensó en la relatividad, la analogía entre lluvias y lágrimas, las jerarquías. Pensó muchas cosas. Pero luego las olvidó en el cuartel, entre un par de odiosos borrachos y un rincón húmedo de orina, donde se acomodó a pasar la noche.
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