Ascendían los cuatro por la ladera, pesadamente y siguiendo el sinuoso sendero; al mismo tiempo el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte.
El hombre abría la marcha conduciendo al asno del cordel de la cabezada; la niña, a pesar del sueño en aquella hora temprana, se mantenía a horcajo sobre el borrico, junto a unas alforjas de aspecto repleto. Un cordero les seguía cabizbajo al final de una cuerda atada a la albarda.
Ya pasado el mediodía, llegados a un punto cerca de la cima de la montaña pararon en un llano desde el que se divisaba el valle. El hombre extendió un lienzo de vivos colores delante de unas grandes rocas con extrañas inscripciones y colocó sobre él varias vasijas; también queso, trigo, fruta y pescado seco. Depositó después, a un lado, un tosco cuchillo que portaba envuelto en un paño.
Los Dioses no habían sido benévolos esta temporada. El invierno fue el más duro que recordaban los ancianos y la cosecha había sido menos que escasa.
Descendían los dos por la ladera, rápidamente y siguiendo el sinuoso sendero; al mismo tiempo el sol terminaba de bajar hacia el horizonte.
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