Te estaba esperando, y has llegado puntual a nuestra cita. Te acercas tímidamente, refrescando mi frente con tu suave brisa bendita. Luego te abro la puerta y te invito a pasar a este cuarto, donde solas nos entendemos, nos refugiamos del mundo y nos desahogamos. Te cuento mis penas, y tú, sollozas en mi hombro tus tragedias, me cuentas tus arrebatos y yo mis desilusiones cotidianas. Nuestros llantos nos consuelan, y nos van limpiando el alma. Del desconsuelo a la calma. |