Elegía
Redonet nunca supo que mi madre murió
(al menos, yo nunca se lo dije)
porque la última vez que lo vi
ya su energía, esa tremendamente positiva,
conjuntamente con una dificultosa respiración
se iba ¿se despedía de este mundo?,
se trasmutaba y buscaba el camino a una reencarnación,
quizás en otra boca, otro paladar donde degustar
una nueva botella de ron:
de otra forma no logro imaginármelo.
Redonet, el que vivía literalmente del cuento,
el que le sabía todos los vericuetos al género,
el que se paraba frente a un alumnado casi etéreo;
el profesor, primero
Redonet o Redo luego
para convertirse más tarde en simplemente El Negro
es alguien al que no se le reconoce
en esa tan posición incómoda,
tan horizontalmente prosaica
que los infartos crean
en no sé qué lóbulo frontal o parietal
vaya uno a saber!
y del que sólo saben hablar los galenos.
Por eso, no pierdo la esperanza
de encontrármelo un día,
en otros ojos inyectados en sangre
en cuerpo ajeno y volátil,
en una parada de guagua,
esperando un camello.
22.9.98
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