Tras bostezar y abrir los brazos como una escuadra, el dueño de casa se sentó en la cama y miró inmóvil a su esposa por un rato largo; desde fuera, desde lejos, flotando en la estratosfera; mientras ella seguía durmiendo a pie tendido a su lado en la soleada mañana. De fondo el concierto de gorriones en la calle. Por primera vez en mucho tiempo el joven ejecutivo se concentró en su bello rostro y le puso toda la atención en desmedro del escandaloso despertador que lo subyugaba toda la semana. Ella estaba allí a su lado, le llamó mucho la atención el hecho que aún permaneciera a su lado; el trabajo se la había arrebatado hacía años. Apenas alcanzaba el tiempo para recordarle su amor, la máquina no daba espacio para eso, ni las cuentas, ni el hijo de puta del patrón, ni nada. Ya casi se había olvidado de su nombre, solo la conocía como su mujer, o como la voz aquella del celular que todos los días oía en todos lados, o la espalda de las noches metida entre las sábanas, siempre dándole la nuca y todo el silencio del universo.
Aquella mañana de fin del mundo, como un hecho insólito, no tuvo la obligación de asistir a su trabajo, por eso se sentía extraño y como con culpa. Afuera el mundo se venía abajo y por un instante la caída de esas torres en pleno centro de occidente, le permitía hacer un único alto en su alienada vida para quedarse en casa acostado mirándose en su fatídica soledad al menos un día antes de su muerte.
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