Abrí la puerta como todos los días, al regreso de mi rutina laboral. Dejé mis cosas donde siempre y sentí el acostumbrado olor en la casa. Sin que te dijera nada, sentada en el lugar que rara vez dejás, me miraste con tus ojos perdidos e insensibles, como si apenas intuyeras donde estaba...
– Hola. No te oí llegar. Es que el susurro del viento sobre las hojas del trébol me ensordece.
Miré, como día tras día hago después de tu frase cotidiana, hacia la maceta en la que alguna vez pusimos el trébol de cuatro hojas que encontramos en el jardín, cuando aún... como si no supiera que hace años se secó, y que la ventana estaría inevitablemente cerrada, porque así la dejé hace años también.
– Sí. –te dije– Lo escucho.
Siempre te digo eso. Voy hacia la habitación, me siento en la cama y pienso: “¡Qué tonto!”.
Aún así, todavía espero llegar y verte sonreír. Escucharte decir algo real.
Como si fuera un ritual cotidiano, no puedo creer en tu locura, porque cada día va convirtiéndose más en mía.
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