Silverio Cruz siempre creyó que la vida era sinónimo de hilaridad. Tuvo la sabiduria de no tomarsela demasiado en serio. Ante calamidades y fortunas el risueño semblante no variaba. Cualquier ocasión era idónea para mostrar
la marimba de sus dientes. Una mañana amaneció sin vida, para nadie fue secreto que aquel hombre
había muerto literalmente de la risa. Al verlo postrado exánime en el petate las personas tenían la sensación de que la alegría de todos se había ido junto con el difunto, nunca mas volverían a contagiarse de cosquillas en la panza y ante la triste idea fue inevitable el no llorar. Entonces sucedió el milagro; Las huellas de sonrisa retratadas en los surcos a cada lado de los labios de Silverio cosechaban carcajadas. Desde ese día la festiva música interior de los hombres de áquel pueblo resuena a mas de quince leguas a la redonda.
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