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Inicio / Cuenteros Locales / mariomatera / EL cuadro de Belcuore.

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Mi padre, Oscar Juan Matera, amaba las bellas artes. Tenía pasión por la pintura al óleo, la cual había convertido en cuatro cuadros que adornaban nuestra casa de Santa Fe. Dos de ellos estaban en nuestro living-comedor. Un pequeño retrato de una madre que tenía a su hija en brazos y que parecía aguardar la llegada de un barco a vela, trayendo de regreso a su marido, dio motivo a mi padre para pintar un cuadro de ambiente marino, que era una amplificación de esa fotografía. El otro cuadro, que se hallaba en el living, era un paisaje tomado directamente de la naturaleza. Otro pequeño retrato con la imagen de Jesús, lo inspiró para copiar dicho rostro en un nuevo cuadro que se hallaba encima de la cama donde mis padres dormían. Unas frutas y un jarrón, inspiraron una naturaleza muerta que adornaba nuestro comedor diario.
Él sufría de los nervios y, en mí compañía y la de mi madre, solíamos ir a veranear a Bahía Blanca en cuya cercanía estaba la playa de Pehuén Co, nombre indígena que significa mar y pinos. Allí tomábamos baños de mar. Asimismo, viajábamos a Córdoba, en cuya ciudad vivían unos parientes lejanos de mi madre, que tenían una casa de fin de semana en Bialet Masset, donde disfrutábamos de unos días de descanso.
La diferencia entre el mar y la montaña, para una persona nerviosa como mi padre, era que el primero excitaba los nervios y las montañas, en cambio, tenían un gran efecto tranquilizador sobre los mismos.
Fue en ese pueblo de Bialet Masset, donde mi padre conoció a un pintor cordobés cuyo apellido era Belcuore. Papá le contó que pintaba cuadros al óleo y este artista, como una demostración de afecto, le regaló uno de sus cuadros dedicado: “A los esposos Matera, cordialmente…” a continuación se encontraba su firma.
En el año 1967, mi padre tuvo un sueño premonitorio, en el que se veía deambulando por las calles de Santa Fe, sin otra compañía que la de su soledad. Esa triste premonición iba a tener su confirmación el 25 de Noviembre, día en que mi madre cumplía 56 años. Cuando a las 6 de la mañana, hora en que los pájaros cantan sus mejores canciones, dejaba de pertenecer al mundo de los vivos. Sentí la voz de mi padre que me llamaba y me decía:
-Mario, llamá a Marlene, tu madre se ha desmayado-. Nuestra vecina acudía solícita a mi llamado y le comunicaba a mi padre:
-No tiene pulso-. Mi padre, presa de la desesperación, la sacudía suavemente y la llamaba una y otra vez diciéndole:
- ¡Zulema! ¡Zulema! ¡No me hagas esto, Zulema!-. La única respuesta que obtuvo fue el silencio de la muerte. Poco después hacía su arribo a nuestra casa el Doctor Ocampo y mi padre le interrogaba diciéndole:
- ¿Se fue, Doctor?-. El médico asentía afirmativamente con la cabeza y, acto seguido, redactaba el certificado de defunción. Como creyente muy católica, mi madre recibió durante su velatorio la visita de varios sacerdotes. Uno de ellos preguntó si se había confesado antes de morir. Mi tía política Delia, le decía que no, pero que en vida había sido muy católica. Uno de los sacerdotes decía que a la muerte se la simboliza con una guadaña. El padre Mansilla, cura franciscano, me reconfortaba diciéndome:
-Tú tienes bastante inteligencia y comprensión-. Mi primo Norberto opinaba sobre el tema:
-La muerte es un hecho natural, tan natural como el nacimiento. El mejor homenaje que le podés rendir a tu madre es rendir la siguiente materia de primer año de Derecho. En el caso que rindas mal, perder el partido no es perder el campeonato-. Norberto era muy aficionado a los deportes y en particular a las carreras de autos.
A mi madre la lloré en forma sincera. A ella la quería tiernamente.
Una vez que hube terminado de rendir satisfactoriamente las materias de primer año de Derecho, el Doctor Javier Pérez Parachú, mi médico psiquiatra, nos aconsejó que fuéramos de viaje:
-Es necesario- me dijo resaltando la importancia que tendría el mismo, en el ánimo de mi padre. Dicho médico se entendía perfectamente con mi padre. Con posterioridad, le iba a regalar un libro de aforismos y en la dedicatoria diría que consideraba a mi progenitor como a su alma gemela. Con relación a la irreparable pérdida que habíamos sufrido, le comentaba a mi padre: -Uno se siente en la nanedad.
Cierto día del año 1968, mi padre me dijo que había encontrado en la calle a unas hermanas que conocía desde el año 1939 y me preguntó si yo estaba de acuerdo en que ellas vinieran a casa a hacernos compañía. Le contesté que efectivamente lo estaba, porque entendía que con ello solucionaría, en gran parte, el problema de su soledad. Dichas mujeres les cayeron muy mal a mis tíos maternos y prácticamente nos dejaron solos, pero contamos en cambio con la compañía de ellas. Eso nos valió que en 1971 y 1972 no nos invitaran para las fiestas de fin de año y la pasáramos en la mas triste soledad.
Cuando a mi progenitor le fue diagnosticada cirrosis de hígado, tras una operación de hernia, dio entonces comienzo su camino irreversible hacia la muerte. Tal vez por lástima, hubo un cambio de actitud en mi familia materna y entonces sí, fuimos invitados para las fiestas de 1973.
Tuve con mi padre una relación difícil. No nos entendíamos. El se había percatado de ello, y en ese año de 1973, me dijo: -No nos entendemos- y me había hablado de la posibilidad de que nos abriésemos. Sin embargo permanecí junto a mi padre hasta su muerte, y antes de ocurrida la misma, tuve la gratificación que me viera recibido de abogado. Fui informado por el médico de mi padre, antes de su deceso, de su estado de salud:
- Va tirando, si no se nos complica con alguna otra cosa- me dijo.
El día anterior al de su muerte, su temperatura aumentó considerablemente. Su médico, el doctor Alberto Dumont dijo:
-El tiempo se achica.
Llegó el siguiente día, el que nos llega a todos los seres humanos: el de la muerte. Mi padre hacía tiempo que se había preparado para recibirla y estaba con esa serenidad que proporciona la filosofía oriental, ya que era un hombre profundamente orientalista.
Cuando fui a verlo cerca del medio día me preguntó si había ido a clase de Francés. Cerca de la tarde mi tío Arturo en compañía de mi tía Queca, le decía a ésta: -Este es el final-. Mi tío Arturo con posterioridad me dijo que antes de morir y refiriéndose a mí, le había dicho: -Te lo pido por tus hijos, por tus nietos…vigilá todo lo que hace.
Bertolozi, un hombre que era vecino nuestro y miembro de la Iglesia Mormona, asistió los últimos momentos de su vida.
-Cuando empieza a enfriarse de abajo para arriba-. Un médico le puso la mano sobre el pecho y mi padre hizo una mueca de dolor. –Está en paro cardíaco- dijo. A eso de las 6 de la tarde había partido de este mundo.
Bertolozi comentaba: -¡Con qué suavidad se fue!
Nadie de la familia por parte de mi madre estuvo presente en el momento de su muerte. Así se lo hacía constar Bertolozi a mi tía Marina. –Matera fallece en presencia mía- le dijo en el Banco- pero no había nadie de la familia cuando él murió.
Fue esta misma tía, hermana de mi madre, que cuando yo alquilé mi casa me preguntó: -¿Querés alquilarla con muebles o sin muebles?- acto seguido me dijo- sin muebles, total si te casás, comprás muebles nuevos-. La casa fue alquilada a mi compañero de escuela primaria Ramón Luis Sarsoti. Además de ser vendidos los muebles, fueron vendidos los cuadros de mi padre, ya que mis tíos maternos tenían hacia él y también hacia mí, una fuerte aversión. No tuvieron ningún respeto por la muerte, que es digna del mismo, aunque se trate de una persona hacia la que no se tiene ningún afecto. Hubo, sin embrago, un cuadro que respetaron y que no fue vendido: el del pintor cordobés Belcuore. Esa excepción tenía para mí, un claro significado. Fue como si ellos hubieran querido significar: La bronca es con tu padre y vendemos los cuadros de tu padre. En contra de este hombre, nosotros no tenemos nada y su cuadro va a ser respetado.
Yo no me había llevado bien con mi padre después de la muerte de mi madre, pero era mi padre.
En este último tiempo he tenido una clara conciencia del desprecio del que fuera objeto y se apoderó de mí, una profunda indignación. El cuadro de Belcuore, estaba sobre un armario, en la habitación en la cual vivo en la pensión. La vista del mismo me producía un profundo estado de malestar y desasosiego. Le confié a mi coordinador de mi taller de escritura, Martín Rodríguez, el problema psicológico que me producía ese cuadro y le dije que deseaba tirarlo a un conteiner de basura. Aprobó mi idea por completo y me acompañó hasta la pensión. La dueña lo había envuelto en una especie de funda. Tomé el cuadro y lo arrojé a ese contenedor de desperdicios.
Si no hubo respeto para con los cuadros de mi padre, tampoco tenía que tenerlo yo con el del artista cordobés.

Texto agregado el 21-08-2012, y leído por 166 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2012-08-21 19:25:50 Una historia triste. Hay de todo: amargura, rencor, amor.. Me gustó. elpinero
 
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