SANTIAGO.
Santiago, Santiago. Te nombro desde arriba, con mi Cristo a cuestas y los desvíos sesgados. Veo tu extensión, te agigantas y entregas al bullicio. Como urbe de mañana, como rostro descubierto.
Me nombras Cristóbal y al vigilarte recibo tu golpe, esas pequeñeces de vecinos y pitazos tarderos. Tus ruidos y expresiones.
¡Oh! Santiago, Santiago. Cada vez que escucho tus ecos, más añoro tus silencios de ciudad apenas descubierta. Más me entrego, con placer, al recuerdo de tu estupor y asombro de provincia.
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