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Inicio / Cuenteros Locales / Carmen-Valdes / Verano dorado

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Desayunó lo de siempre, un vaso de agua, un café y una barra de cereal con sabor a manzana, masticó lento disfrutando el delicioso sabor, respiró profundo mirando por el ventanal de la hostería donde pasaba las vacaciones, apuró el último bocado, tomó el tazón con café y salió a la terraza, apoyó el humeante café en la baranda para sacar su viceroy ligth y el encendedor de uno de sus bolsillos, la mañana estaba húmeda, la vaguada aún mantenía nublada la costa, pero el paisaje aunque refrescante era delicioso a la vista, las olas golpeaban contra las rocas y las gaviotas y pelícanos tenían su festín con las palometas que saltaban del agua en un cardumen demasiado cerca de la costa, sin duda las corrientes las habrían trasladado hasta allí. Llevaba tres días hospedada allí, sus hijos habían viajado uno al norte y otro al sur del país, también de vacaciones ya hacía un par de semanas, Mireya había disfrutado las dos semanas sola en casa, dueña de su tiempo y del espacio, no los había extrañado tanto como otras veces, lo atribuía al agotamiento de los últimos días de trabajo, habían sido duros, llegaba a casa casi sólo a dormir, pero ya estaba allí disfrutando del lugar elegido para veranear.

Volvió a la habitación para buscar su cámara y sus lentes de sol y se dispuso a dar su paseo matutino, caminar por esa playa era fabuloso, podría volver para almorzar, luego de caminar sin encontrarse con nadie por horas, echó al bolso el mate ya preparado con la deliciosa yerba que le regalara su amiga Emilia y pasó por la cocina a retirar su termo con agua caliente que ya estaba listo. Sus hijos se le unirían en unas horas más para pasar juntos cinco días antes de regresar a la ciudad.

Juan y Adela llegaron al hostal casi a la misma hora, se registraron y preguntaron por su madre que extrañamente no estaba ahí para recibirlos. El encargado les comentó que había salido en la mañana a caminar y no había regresado aún, que la habían esperado a almorzar como siempre pero no llegó. Se miraron extrañados, ella era tan puntual, conservadora en muchos aspectos. Desde que se había separado con el papá, el mundo para ellos era su madre. Eran ya las seis, los veraneantes empezaban a alejarse de la playa la que iba quedando lentamente vacía, el encargado les comentó que la veían a diario caminar hacia el norte de la playa larga, que era su lugar favorito, le marcaron el celular reiteradamente pero nada. Bastante alterados decidieron llamar a la policía antes que oscureciera más.

De pronto el ruido de un convertible gris les llamó la atención, se estacionó frente a la puerta del lugar, un hombre alto de unos 55 años se bajó por la puerta del conductor y dando la vuelta abrió la puerta del acompañante, de donde con un pie vendado y apoyada en él apareció una risueña Mireya, que como una chiquilla saludó a sus hijos encantada de que el destino le hubiera torcido un pié, lo suficientemente fuerte para conocer por fin, al que sin ella saberlo aún, se convertiría en el amor de su vida.

Texto agregado el 29-01-2013, y leído por 192 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2013-02-07 15:07:58 ¡Qué momentos tan sorprendentes tiene la vida! y que agradable manera de contarlo tienes tú van mis 5* zoiloro
2013-02-02 23:10:00 ***** susana-del-rosal
2013-02-02 23:09:40 Un placer haberte leído. **** susana-del-rosal
2013-02-01 19:56:31 milagros de las vacaciones... seroma
2013-01-31 06:37:58 Milagrosas casualidades. Posiblemente no sean tan casuales... felipeargenti
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