La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / El palo.

 Imprimir  Recomendar
  [C:536935]





Dijo el rubio: tuvo que ser Sofía- buscando más mi asentimiento que otra cosa- y se desmayó.



I.

Sofía debía haber sido, pero, siéndolo, cómo era posible que mostrase conmigo ese desapego.
Un expósito más, un puesto fuera, pero con algo de valor. Me lo dijo el rubio, que siempre estaba trasteando entre los papeles. Y desde entonces pasé a ser Pérez. Que lo había visto escrito entre los legajos. También que descubriera masturbándose a Josefina, la celadora. Yo no sé cómo le aguantaban. Por resquicio que cupiera se metía. Que nunca viera cosa igual. Por eso no me centré- que se requiriera- con ninguna.
De la infancia sólo el recuerdo de un mundo delicado. Era norma de la casa. A los que entrábamos pequeños se nos asignaba hasta los tres años una cuidadora. Y ese era nuestro acertijo principal: quién de entre todas las cuidadoras se había encargado de cada cual. Al rubio- que era como el aristócrata del orfelinato, pues cobró crédito que su madre había sido artista de cine- se le metió en el caletre que mi cuidadora era Sofía. Pero es que el rubio andaba como bautizando a la gente, con desparpajo, como si el orfanato fuese suyo y no un mero residente, por lo que tampoco era definitiva tal asignación. Y después el amor por Josefina. No hubo más. Y el tiempo fue pasando hasta que nos dieron la papela y nos adentramos en la vorágine de la ciudad, cuando como con un cañón me desfiguraron la jeta y el rubio en sus trece: era Sofía; no te dabas cuenta que te miraba como si fueras suyo. Y se plantó hasta que vino la madera como si fuera un transeúnte.
Ése también era, tuvo que señalar el estanquero, que se asomó al estrépito. Pero aún estaba en el hospital, que se presentó.
- No lo dudes, pasmao (cuando no me llamaba Pérez, era “pasmao”) que la tuya fue Sofía, ¿no veías cómo te miraba?
El rubio sí que era un amigo, siempre preocupándose por no verme desbarrar. También tenía corazón, aunque lo llevase muy dentro. No se sabía cómo un inclusero había sacado ese amor propio con que nos deslumbraba. La rubia de la cocina, se supo, era su mamá. Y que un artista de cine. Al parecer entró con esa condición. Y luego nos quedamos cortos con la profesión. Su abuelo era un vizconde. En fin: con el rubio no te podías aburrir. Cuando, recién estrenada la libertad, planeó el palo al estanquero, me hablaba como un estratega. Y, al final, siempre con el mismo sambenito: que sí pasmao, que la tuya fue Sofía. Y a mí, como que me gustaba la parentela que me buscó. Sofía era la mejor. La más joven y la que mejor olía del internado.

La primera vez que fui consciente de vivir en un recinto cerrado fue a los cinco años. Fulgen, el conductor de la camioneta del pan, me lo dijo. Yo, hasta entonces, creía que todo el mundo vivía en un hospital. Necesitaba- más que nada- un sistema con que perseverar pues estaba demostrado que a base de obediencia y acatamiento de allí no se salía con un mínimo de garantía. Sí…con el beneplácito absoluto de los tutores y del resto del personal, pero con escasas posibilidades de progresar. Estaba claro que el recinto no era igual que el exterior. Que me lo tenía sabido de tantos que habían probado a manejarse fuera y volvían suaves y sumisos. Se ve que el resto del mundo estaba en franca contradicción con nuestro reducto beneficente. Y hasta tal punto era cierto, que los que volvían lo hacían asustados, sin muchos ánimos de volverse- en el caso- a escapar. En realidad- y aunque nadie de ello nos queríamos hacer cuenta- era imposible progresar. Y más que nada a las buenas, con toda aquella monserga de que habíamos de ser obedientes y benéficos. Era evidente que nuestros mentores también necesitaban una pequeña dosis de realidad. Y no era que el rubio y yo quisiéramos hacernos con el mango de la sartén, tan sólo queríamos- llegado el caso- mojar. Se sabía de la inoperancia de nuestro bagaje espiritual y ni siquiera era menester hacer de ello contrastación; lo habíamos estado viendo en los rostros abatidos de nuestros compañeros, no habiendo necesidad de más.
En particular había sido elocuente la salida de Juan Bautista, que volviera apagado de la aventura de su adopción. Al parecer, pronto se habían cansado de él, como descubrieran que era incapaz de reír. Y si algo reía con aquella mueca, tras su abandono, no se le vio más que amodorrado en una suerte de perpetua postración. Que gastábamos muy mala suerte los de aquella institución, hasta el punto de no quedar más remedio que achacarlo a un fatum fatal que corría sobre todos nosotros, sobre cuyos orígenes, aun no habiendo demasiada uniformidad, no faltaban explicaciones. Con ello, en cierto modo, se cubría el expediente de una inquietud que de otra manera hubiera sido difícil de aguantar, pues todos nos veíamos reflejados en el rostro apagado de Juan Bautista al que desde entonces no faltó nadie que lo intentara contentar. Cuando estábamos resignados a la evidencia de aquella imperturbabilidad brotó la risa de aquella hierática figura durante tanto tiempo que empezó a molestar. Y es que, aunque intermitentemente, estuvo prácticamente riendo durante una semana, sin que nadie acertara el motivo de tan feroz hilaridad. Por lo demás, todo discurría bajo parámetros de normalidad.
De vez en cuando conseguía olvidar el acertijo, distanciándome entonces de la figura de Juan Bautista y su proverbial inexpresividad a que más de uno me quería asimilar. Pero yo tenía clara la razón de mi infelicidad. Y era que Sofía no se dignaba demasiado a- conmigo- congeniar. Y el rubio- que me tenía cogida la medida- insistía: tranquilo: lo que es ahora de agria será de dulce después. Y aunque algo me decía que no debía de confiar demasiado en aquellas palabras, era más la satisfacción que me producían que la sospecha sobre su vacuidad. Y- extrañamente- los recuerdos de la mujer- quienquiera que fuera- que se había ocupado de mí mientras cumplía la edad reglamentaria no eran del todo satisfactorios, lo que hacía sospechosa aquella fijación mía; aunque bien pudiera decirse que no era rara la curiosidad sobre quién fuera la que me diera aquellos apretones con una mezcla, que recordaba, de ternura y desafecto. El amor que me anclaba a las primeras experiencias estaba teñido de dolor, pero me faltaba la pieza del puzle del autor: autora en este caso, pues me constaba que había tras el desaguisado una mujer, en cuanto a sexo, que bien no por edad necesariamente. Si, al menos, hubiese sabido de quién se trataba, habría podido pasar una página, que se resistía de tan áspera, y que mentiría si no dijera que me estaba empezando a hartar- por ser mentir, también, no decir toda la verdad.
No obstante, Joaquín- que éste era el nombre del aristócrata- venía recurrentemente y sin que nadie lo invitara a ponerme parientes, aun siendo de manera tan circunstancial.
A los seis años empezamos a ir a la escuela, que, adjunta al internado, se surtía también de alumnado externo- con lo que en gran parte sufragaba los gastos- a la institución. El colegio, San Onofre le llamaban, gozaba de buen predicamento en la vecindad, y casi como timbre de honor se decía haber recibido allí las primeras letras. No obstante, una valla nos separaba del mundo, la que sólo se franqueaba cuando tocaba paseo. Al principio no veíamos la hora en la que salir de allí pues conforme íbamos creciendo le cogíamos, mayormente, aversión. A partir de los dieciséis años, con unas condiciones, si se daban, la valla terminaba su función. No eran pocos los que volvían como de visita y era que si había algo parecido a una familia, bien era ésta la que se encontraba intra muros. Antes, sólo era posible con el guía del San Onofre- en aparatosa fila india- o con los padres de cualquier compañero externo. No existía otra manera de franquear aquel umbral, salvo adopción. Por otro lado, el éxito de aquélla- la adopción- era inversamente proporcional a la edad: casi se podía hacer tal fórmula matemática con escaso margen de error. Nosotros ya habíamos renunciado a la posibilidad. No era previsible que saliéramos de allí para otra cosa que no fuera trabajar. Y cuando digo nosotros, me refiero a los mayores, a los que andábamos aguardando otro tipo de oportunidad.



II.
De la otra: la de verdad: según Joaquín, sólo que se apellidaba Pérez. Que lo leyó en un tocho que daba cuenta de mí. Al margen, consideraba que si me había abandonado era porque de otra forma no hubiera podido cuidar bien de mí. No le reprochaba nada e incluso a menudo me parecía valiente aquella decisión pues sospechaba no ser cierto que todo niño viniera con un pan bajo el brazo, como suele decirse. Algunos externos decían envidiar mi situación ( sólo la mentada curiosidad, en la que había más de erotismo que de ternura filial). Sin embargo, tampoco era yo caso paradigmático, siendo lo corriente, la preocupación por la primera: por la de verdad. Muy pocos veían en tal incógnita la ventaja de la autodeterminación y de la libertad: de no verse atado por modelo familiar alguno a modo de Adán primigenio que por mucho que mirara no podía encontrar nada detrás. No gustaba de fantasear con la madre amantísima- cuya alternativa al abandono hubiera sido, probablemente, la deshonra familiar( al menos esa era la versión principal)- muy en boga en los primeros tiempos en los que las madres solteras ocupaban puesto preeminente dentro de lo que podíamos clasificar como agravios de familias bien. La economía vino a sustituir al deshonor en nuestra particular evolución de existencia incluseril, para, en un tercer paso, con los medios, dejar de haber, casi, razón de ser.

Lo que al principio era un vago malestar, fue creciendo hasta hacerse difícil de soportar. Cuanto mayor la frialdad, más la desesperación; lo que aconteció cuando las calenturas de los primeros años de la adolescencia, en los que por vez primera necesitaba un asidero por pequeño que fuera. Un dato, entonces, me puso sobre la pista de estar rebasando lo que algo me indicaba que era un límite que no debía franquear. Afortunadamente, Joaquín, subvino la necesidad. Y es que pertrechado de inconsciencia e impulsado por lo que como desesperación estaría bien descrito, me introduje en la zona reservada a los cuidadores (lo que nos estuviera vedado) a través de una ventana medio abierta, cuando nadie por allí había. No me fue difícil dar con el aposento de mi supuesta mentora por no ser muchos, como no fueran tampoco los preceptores, los departamentos; ni abrir con una pequeña ganzúa su taquilla. No diré lo que allí había, pero muy pocos convendrían en que aquello era normal. No fue, no obstante, tal circunstancia la que me apartó de la querencia hacia la mujer. Como metido a rosca, vine al poco a tomar un cariño misterioso pero persistente hacia otra mujer, y del que no fui consciente hasta algunos años después, enteramente. Todavía hoy no sé si los hechos que lo produjeron fueron verdad. Es más, solamente empecé a preguntármelo cuando tomé conocimiento de su importancia en mi devenir vital, cuando descubrí que como una larva había en mí anidado resistiéndome a abandonar. No obstante, ciertos o no, produjeron un influjo colosal. Y es que por los tiempos de la irrupción referida, Joaquín me contó cómo había sorprendido a Josefina en gesto vergonzante como sea el procurarse por sí sola solaz. Josefina pasó entonces a ocupar el lugar de Sofía en mi corazón. La descripción había operado un efecto que sólo el tiempo y la casualidad se encargarían de descifrar. El caso fue que Sofía y sus circunstancias me dejaron de apremiar, aunque sólo vagamente era capaz de relacionar aquella sustitución amatoria. Las largas y torneadas piernas- único elemento que refirió- se habían instalado desde las palabras de mi amigo en mi mente, de manera subliminal.
Tampoco abundó Joaquín en floripondios sobre la materia, limitándose más bien a exaltar la impresión de aquella imagen que calificaba de simpar. No había parangón en el capítulo mío de imágenes ad hoc con lo que mi primer enfrentamiento con el sexo fue de esta índole verbal. El laconismo de Joaquín obró como no lo hicieran mil explicaciones en que se hubiera desatado sobre el hecho. A partir de entonces, y sin ser enteramente consciente de ello, cual quijote en pos de su dulcinea anduve yo tras la otra. Josefina era feucha pero con un cuerpo cabal, que parecía inconcebible en una mujer de su edad, conservando la cintura estrecha de una colegial.

III.

Cuando empecé a festejar con Inés como una voz interior me decía que de otra era mi corazón la que acallaba sin gran esfuerzo pues aquel amor no era racional, amén de consistir en un pálpito que como inoportunamente aparecía se iba. Cuando los fracasos amorosos continuos, un día mi mente se plantó y lo vomitó: estaba enamorado de la evocación de Joaquín. Además lo movía: el cuerpo: con elegancia y agilidad. Ahora que remito el recuerdo que sobre ella tengo, diré que lo más bonito de ella era un alegre estilo que conformaba una atractiva personalidad.
No debía Inés ser ajena a la circunstancia de mi falta de atención, pues a la primera ocasión que tuvo se desembarazó de mí. Algunos años después, recordando la razón, encontré entre los dos hechos ligazón, luego de saber que de tocamientos solitarios nada; que, posiblemente, éstos era una invención que podía tener por objeto aliviar en algo una mala conciencia por una, más completa, relación sexual (de la que en un encuentro casual se me había dado cuenta). Hay que ver cómo influyen en nuestras vidas las relaciones más peregrinas. Quizá el cargar las tintas en la descripción fue el hecho determinante. “Nunca he visto cosa parecida”, dijo como encorsetando en la fórmula el súmmum de la belleza. Había prendido mi mente con aquella “instantánea” como no hubiera podido la verdad. Aun no encontrando aviesa intención, para lo que había que entrar en un maquiavelismo que no se daba, tampoco dejé de apreciar cierto abuso de la buena fe por parte de mi amigo, que de poder sacar de estado conjetural, bien pudiera merecer demanda al respecto. De cualquier forma, mejor volver sobre los pasos, mor a la claridad expositiva. Inés había pasado de compañera de pupitre a algo más, pero tampoco demasiado, iniciando un rosario de relaciones cuya nota común bien podría ser la falta de intensidad y que yo siempre atribuía a mi estado de orfandad. No dejé tampoco de barajar la posibilidad de que mis gustos anduvieran por otros derroteros haciendo acopio de sinceridad, mas no encontrando fundada razón en tal sospecha, no tuve más remedio que desechar la posibilidad. Y es en este punto donde encontré hallazgo tan singular. Y si siempre había encontrado gratuita aquella alusión, con la única noticia, la hube de encontrar, además, sospechosa. De cualquier manera su responsabilidad no iba más allá del engaño, siendo injusto achacar aquella especie de fijación latente, que diera al traste con mis encuentros con las mujeres, que él nunca hubiera podido ni querido provocar, a cualquier cosa que no fuera la casualidad.





Texto agregado el 08-02-2014, y leído por 73 visitantes. (0 votos)


Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]