Supongamos a alguien en la sala al final del pasillo. Ni él ni ella. Ello.
La sala tiene cuatro paredes y un marco sin puerta. El aire de la sala sólo está obstruido por una silla. Ello está sentado en la silla, observando el pasillo.
La perspectiva le ofrece un corredor que se prolonga hasta el oscurecimiento. Al final se encuentra el inicio, el fin y la posibilidad.
Ello observa sin apenas pestañear, seguro de que tarde o temprano algo sucederá. Llegará una persona. O una cosa. Lentamente, barriendo el tiempo.
No acontece nada. Así que ello pierde la movilidad en las piernas, justo antes de que algo así como una luz aparezca, se detenga en el umbral de la visión, permanezca allí unos instantes y retroceda hasta perderse en la lejanía.
Y ello llora.
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