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Inicio / Cuenteros Locales / Jazbel / El anciano monstruo de mi barrio

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Por Jazbel Kamsky.

EL ANCIANO MONSTRUO DE MI BARRIO

Esta historia que deseo narrarles, ocurrió a mis cortos seis años de edad, al decidir en familia vacacionar, durante el verano, en la casa de mis abuelos maternos, ubicada en la ciudad de Tacna, en el productivo barrio de Alto Bolognesi, y al decir productivo me refiero al número elevado de hijos de las familias que allí habitaban en esos tiempos, tenían un promedio de cuatro hijos por familia, muchos de ellos eran casi de mi edad.

Dentro de aquella construcción de cuatro paredes, mis abuelos tenían un negocio por demás modesto, una pequeña pero excitante bodega, en donde se surtían en aparadores de vidrio; distribuidos dando la forma de una letra “L”, las más deliciosas golosinas que un niño soñaría tener entre sus diminutas manitas.

Un “Batón” era el deseo de todo niño amante de los chocolates de aquella época, una deliciosa barra cilíndrica de puro chocolate de leche, que al solo contacto con la temperatura de la boca, se derretía muy suavemente, dibujando una mágica sonrisa celestial en nuestros rostros; simplemente exquisito.

Sin medir las consecuencias, aquella mañana de domingo me aseguré que todos en mi familia estuvieran tomando aún desayuno, sigilosamente me escabullí hacia el aparador, en donde se hallaba el tesoro que todo buen pirata desea poseer; una caja de “Batón”, suspiré al verlo entre tantos iguales, era casi un sueño hecho realidad.

En el instante que me disponía a tomarlo, alguien me tocó la espalda, “me descubrieron”; pensé en un primer momento, pero al levantar la mirada, vi de pronto, detrás del aparador, un anciano hombre lleno de cicatrices de quemaduras en su rostro, sus ojos sobresalían de sus parpados que no parecían moverse, era un monstruo mirándome fijamente de forma amenazante: --Daaamme unn kiiiilo de haaariiina. Me balbuceó con la firme tonalidad de un espantoso zombi, mientras deambulaba con lentitud hacía mí. Me desmayé en el acto.

Recuerdo a mi tío Lalo despertándome. –Super ratón, despierta. Despierta hijo. Abrí mis parpados viendo al más valiente de mis tíos, con él me sentí seguro. --¿Qué pasó? Me preguntó. --Un abominable monstruo ingresó a la bodega, y peleé con él hasta casi fallecer en el intento. Con cierta incertidumbre y mirando a los lados continué: --¿Ya se fue? --¿Quién? Me respondió Lalo –El monstruo pues tío. --El Sr. Gustavo, sí, ya se fue. Terminó diciendo.

El Sr. Gustavo se ganaba la vida vendiendo queques de diferentes sabores; de naranja, de vainilla, y los de chocolate, estos últimos eran mis favoritos. Lastimosamente, su apariencia no era un apoyo para la venta de sus riquísimos queques. El solo imaginarnos, entre los niños del barrio, como preparaba aquellos queques; nos provocaba nauseas en algunos, y dolor de estómago en otros.

A veces, cuando se juntan la creatividad propia de los niños, se crean historias tan fantásticas y crueles que ni uniendo todas las mentes adultas podrían igualárseles. Es así como comenzó a tejerse una leyenda sobre el anciano monstruo que rondaba el vecindario, que explicaba la manera como el deplorable hombre mató a su propia familia, al incendiar su casa mientras dormían todos, siendo previamente sus familiares drogados por él para que se sumergieran en un profundo sueño.

En el barrio, todos los niños decidimos hacer un pacto, el hacerlo sentir al viejo deplorable tan incómodo como nos hacía sentir su presencia, por lo que cada vez que lo mirábamos lo insultábamos. Asegurábamos entre nosotros, que el anciano impresentable era el único animal capaz de comer veneno de serpientes, el único monstruo sobreviviente a las brasas de fuego del propio infierno. –¡El viejo Satanás acaba de llegar! Le exclamamos cuando lo veíamos venir, y salíamos, luego de insultarlo, corriendo despavoridos.

El temor creciente por este sujeto era también alimentado por nuestros padres, quienes repetían la frase: “Seguro Dios lo ha maldecido por portarse mal en la vida, por no ser un hijo obediente”. Cruel pensamiento el de nuestros progenitores que tallaba en nuestras mentes el símbolo del castigo divino; el miedo a un Dios que daba reglas para no vivir en sufrimiento, así como, el no ser parte de la normalidad era considerado producto de la desobediencia.

Sin esperarlo, un día de semana, el viejo hombre de mal aspecto, se paró en el centro de la plaza donde jugábamos todos los niños del barrio, y levantando el volumen de su voz dijo: --Le daré, cada fin desemana, al niño que me brinde el mejor insulto una moneda de cinco soles. Todos nos quedamos observándolo, y pensando que el anciano deplorable no solo estaba viejo sino también loco.

Los niños del barrio y yo dejamos de insultarlo los días de semana e incluso entre nosotros ocultábamos nuestros insultos para el fin de semana. Todos los niños queríamos ganarnos esos cinco soles, que equivalían en nuestra mente a una bolsa de mediano volumen llena de golosinas, o algún divertido juguete no tan costoso.

La noticia se trasladó incluso a otros barrios aledaños, los fines de semana en la plaza principal de Alto Bolognesi era todo un carnaval, un mar de niños venían con sus papelitos guardados celosamente en los bolsillos, en donde escrito estaban los más artísticos insultos que se le pueden crear a un monstruo abominable como lo era ese viejo loco.

El anciano se ponía a leer cada uno de los insultos, y a media lectura, al tener la atención de los niños, que en su mayoría tenían mi edad, aprovechaba en ofrecer sus diversos queques, a 50 centavos de sol, hasta venderlos todos. Negocio redondo. Finalmente, declaraba el nombre del ganador y leía su insulto a todo pulmón y con mucho orgullo.

Pasaron así dos meses del caluroso verano tacneño, y el anciano de pronto dejó de ofrecernos una moneda a cambio del mejor insulto. Aunque parezca increíble, los demás niños y yo; ya no deseábamos insultarlo por nada, perdimos el gusto por crear un insulto si no había una retribución por ello.

A pesar de todo, seguimos reuniéndonos los fines de semana en el centro de la plaza de mi barrio, debido ahora al gran cariño que le llegamos a tener a Papo, es así como lo llamamos a Gustavo, quien durante estos divertidos concursos no solo declamaba nuestros creativos insultos, sino también compartía con nosotros, enseñándonos en la práctica que las apariencias engañan, y muchas veces detrás de un hombre de mal aspecto hay un gran amigo por conocer.

FIN

Texto agregado el 11-01-2017, y leído por 209 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2017-01-11 22:44:42 Buen texto***** grilo
2017-01-11 19:07:16 Un buen relato hace despertar todos mos sentidos. En el tuyo veo justo eso; además de distintos sentimientos. Buena narración y diálogos adecuados. Raul_LSZ
2017-01-11 19:07:06 Así mismo contiene lecciones... pagar por insultos resulta un poco caro, es mejor no gastar ni un minuto en ellos e igual se van. Muy completo tu cuento. Raul_LSZ
 
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