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Inicio / Cuenteros Locales / larsencito / El trabajo te hará libre y un pelín opaco

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Empiezo confesando que amo a la A6 y así nadie me podrá exigir la misma objetividad que a un ingeniero de puertos y caminos, seguro que muchos aseguran que es imposible amar una autovía, dirán que mi cálido sentimiento tiene más que ver con el sentido práctico, dirán que la comodidad en la conducción y el tiempo ahorrado con la nueva autopista genera en mí un plácido sentimiento que con ayuda de mi sacrosanta inocencia he confundido con amor, dirán que se trata del típico caso de transferencia; pero mi relación con la nueva carretera no tiene ni de cerca esos sosos ingredientes de los matrimonios alcalinos de larga duración. He visto crecer durante años la autovía como a una hija resbalando por el mapa de Salamanca a Mérida. Recuerdo con la alegría de un padre que festeja los nuevos dientes de su niño cada tramo que se iba abriendo. Conozco cada una de sus curvas, cada bache, cada área de servicio… Soy, aún a riesgo de parecer pedante, uno de los mejores especialistas en la A6, lástima que en los concursos de cultura siga siendo un tema injustamente olvidado y mis profusos conocimientos estén de momento condenados al ostracismo.
Si tenéis un rato os cuento un secreto de mi amada autovía que seguro nadie conoce. Muchos son los que saben que antes de llegar a Plasencia, en la salida 435, hay un área de servicio con un restaurante que se llama “El Caldero”, si no te incomoda el servicio impersonal puedes parar a por un bocadillo de lacón, si te decides por el de jamón, pide el caro es mucho más barato; los precios son inusualmente razonables para esos mundos de Repsol y Cepsa en los que con un riñón seminuevo no pagas una mísera Coca-cola y un sándwich mixto. La calidad es aceptable y son rápidos como gacelas, además si por suerte paras en temporada puedes comprar en un pequeño quiosco de lata que hay enfrente las mejores cerezas del mundo. Eso lo sabe mucha gente, pensaréis con razón, igual que también todo el mundo sabe que el menú del día cuesta doce euros, pero ya no son tantos los que saben que si eres un profesional de la carretera, léase camionero o representante farmacéutico, sólo te cobran nueve euros. Se trata con seguridad de un irreprochable, al menos por mi parte, programa de fidelización. El comedor es un inmenso mosaico de mesas numeradas, los camareros vuelan entre las mesas en un aparente caos aunque después demuestran la puntería de un francotirador, si llegas con hambre en veinte minutos estás haciendo cola en la caja para pagar, dices el número de tu mesa y sueltas la pasta.
El entrenado ojo del cajero no necesita carnets ni credenciales, en tres segundos sabe distinguir si eres profesional o paganini, según mi amigo Chus, el indicador que delata a los camioneros es cargar con la botella de agua a medias que sobró de la comida, años de experiencia y paciente observación me han servido para descartar esa teoría. Otra explicación fallida fue la de pensar que el virtuoso cajero simplemente cobraba nueve euros a los que comían solos: un comensal por mesa nueve pavos; dos sin embargo veinticuatro. Me costó mucho abandonar esa teoría tan romántica y con tantas posibilidades literarias según la cuál se cobraba un impuesto por la compañía durante el almuerzo, mientras por otra parte se premiaba con un sabroso descuento pecuniario la soledad. Por aquella época recuerdo que me imaginaba al dueño del restaurante como a un monje budista recién bajado del Himalaya con la secreta misión de expandir por el mundo los beneficios de la meditación. Por desgracia el experimento no tuvo los resultados esperados, un día con disciplina científica nada más bajar del coche nos dispersamos y entramos a comer por separado, nos comportamos durante toda la comida, salvo alguna inevitable mirada cómplice, como verdaderos desconocidos. Al llegar al coche juntamos los tickets con decepción para comprobar que todos, incluidos los dos niños, habíamos sido detectados como turistas.
Harto de conjeturas e hipótesis fallidas un día pregunté al cajero cómo lo hacía, cómo podía saber en dos segundos quién estaba trabajando y quién volvía de vacaciones. Me dijo que era muy fácil, que los que están trabajando no brillan. Pagué mis doce euros y me fui sonriendo hacía el coche con el mejor piropo que me han echado en toda la vida.

Texto agregado el 15-01-2017, y leído por 37 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2017-01-15 20:11:29 Me pareció genial!!. Y suelo frecuentar esos lugares. Observa los zapatos!!, los turistas van en chancla. ***** grilo
 
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