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Inicio / Cuenteros Locales / miguelmarchan / Chicharrones

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Érica no debería estar viendo tutoriales de dibujo.

Érica debería estar haciendo una monografía sobre un evento importante de La segunda guerra mundial.

Érica trató de leer un artículo de la Wikipedia pero terminó bostezando tres veces antes de terminar el primer párrafo.

El tipo que escribió el artículo no sabe que existen los signos de puntuación.

Llevaba más de cinco videos seguidos, todos del mismo creador que era un dibujante profesional de historietas. En este video estaba enseñando a dibujar las manos. Érica miró sus propias manos estudiando cada línea y pensando en cómo podría plasmarlos en papel. Érica usaba el dibujo para relajarse y plasmar sus frustraciones.

En este momento a Érica despreciaba con cada pedazo de su alma la comida vegetariana.

Junto a su computadora la acompañaba un nauseabundo plato de ensalada de col y varias hojas de papel aplicadas, cualquier despistado pensaría que es el borrador de una novela. No, en realidad es una larga carta de odio a los vegetales representados en dibujos. Entre ellos podemos ver a una papa apuntándose en la sien con una pistola de cañón largo, una zanahoria con una granada en su boca, unos espárragos a punto de cometer suicidio masivo con una copa de un líquido sospechosamente rojo y una lechuga apuñalando sin piedad a otras lechugas más pequeñas. Unos globos de texto salían de sus cabecitas y decía: “¿Por qué papá? ¿Por qué?

Érica pasó la cuchara por los bordes del bol de ensalada que tenía col rayada, zanahorias, lechuga y una cosa morada que Érica no quería saber que es. Aun así llenó la mitad de la cuchara con la ensalada. Sabía que su madre la iba a castigar si no comía su comida. Al menos podría dar la excusa de que lo intentó. Que hizo la lucha.

Condujo la cuchara a su boca, temblaba tanto que la mitad del contenido cayó al teclado. Terminó comiendo la cuarta parte. Cada masticada empeoraba el sabor, se lo tragó de milagro. No le apeteció repetir pero al mismo tiempo ver el bol casi lleno le provocaba nauseas. Miró a su alrededor, la puerta estaba cerrada y las ventanas cubiertas por las cortinas. No había testigos.

Su dedo tocó el plástico del tazón, lo arrastró lentamente hasta que el tazón y todo su contenido cayeran al tacho de basura que estaba al lado del escritorio. Érica dejó de silbar cuando el tazón chocó con el fondo del tacho.

- Érica, ¿Comiste la ensalada que te dejé? – preguntó Érica imitando la voz de su madre.

- Si mamá, estuvo deliciosa- Érica se palmó el estómago vacío

- ¿Me estás diciendo la verdad, Érica? Sabes muy bien que a no me gusta la mentira.

- No, no me lo comí. Santo Dios mamá este vegetarianismo repentino me está matando. Ya estoy harta de las verduras. Quiero comerme a un animal.

Un día la madre de Érica vio un reportaje en la televisión. De los casi 20 minutos que duró ella solo se quedó con una oración: “El ser humano promedio tiene entre 15 a 20 kilos de carne alojados en el colon”. Se acarició la barriga y dijo: “Nunca más”.

Las vidas de Érica y Martin se llenaron de ensaladas, carnes de soya, extractor y demás porquerías. El hermano de Érica, Martin aprovechó esta inyección de vitaminas, minerales y cero grasas trans para mejorar su rutina de entrenamiento. Cuando Érica lo veía pensaba que Martin se había equivocado de país. Que hubiera sido más feliz jugando futbol americano con en las películas gringas.

Para Érica esto fue una tortura. Si una persona la viera y tuviera la suficiente confianza para hablarle le diría:

- No te vez muy bien.

En cambio si fuera su mejor amiga Diana quien la viera en ese estado le diría:

- Te vez de la mierda, ¿Has bajado de peso?

Érica no pudo evitar ver el tazón con la ensalada esparcida alrededor de la bolsa de basura. Le podía decir a su mamá que se comió toda la comida pero necesitaba el tazón.

Cuando iba a meter la mano su celular sonó llenando la pequeña habitación con una alegre tonada navideña, cosa que removió el estómago de Érica ¿Con que porquería reemplazaran el pavo de navidad? Mejor no pensarlo.
Necesitaba distraer su mente con algo, cualquier cosa
¿Qué podría ser?

Contestar el teléfono. Esa es una buena idea.

- Aló- Érica cogió un lápiz y comenzó a jugar con él hasta que lo rompió.

- Hola Érica soy Diana- Diana tenía la voz cansada como si acabara de cargar algo muy pesado.

Hay una diferencia de edad entre Érica y Diana de unos cinco años teniendo Érica 16 y Diana 21. Aun así las dos se llevaban muy bien al punto de considerarse mejores amigas. Érica la ve como una nieta ve a su abuela: con mucha curiosidad debido a sus experiencias en la vida. Los padres de Diana eran biólogos y ella tuvo que viajar por todo el mundo conociendo las maravillas naturales y artificiales del mismo. Ahora Diana vive sola en una pequeña casa y trabaja como asistente de un abogado mientras estudia la carrera de biología. Quiere seguir los pasos de sus padres.

Como Diana está bebiendo una cerveza sin parar es muy difícil entender que es lo que está tratando de decir.
Cuando tragó el preciado líquido dijo:

- Érica tengo una sorpresa para ti.

- ¿Qué es?

- Adivina

- No. Sabes que odio los acertijos- Esta conversación la cansaba mucho y su estómago comenzaba a rugir.

- Mis padres me enviaron un pescado muy raro y…

Las palabras de Diana comenzaron a sonar irrelevantes para Érica, quien no dejaba de pensar en ese delicioso pescado y de las miles de millones de formas de cocinarlo.
Su boca se convirtió en una pequeña fuente y las gotas de saliva saltaban de sus labios para aterrizar en sus pantalones.

- Oye, ¿Me estas escuchando?

- Si, si, ¿Me decías algo?- Érica sentía un poco de vergüenza creciendo en su interior.

- Te decía- Érica notó un poco de molestia en la voz de Diana- que papá y mamá me enviaron un pescado muy raro y pensaba preparar chicharrones. Quería saber si querías acompañarme.

- Si- dijo Érica queriendo saltar de la silla. Adiós al régimen de las plantas. Por fin iba a comer carne.

- Esa dieta vegetariana si te está jodiendo la cabeza. Un receso no hace daño, ¿Vienes en media hora a mi casa?

- Ahí estaré.

Ambas colgaron. Érica apagó la computadora y salió de su cuarto. Su madre estaba trabajando y Martin estaba en el gimnasio. Perfecto nada de: “¿A dónde vas?” o “¿Cuánto tiempo te vas a demorar?” o “¿Puedes ir a comprar verduras mientras estás fuera?” Érica caminó en sus anchas hasta la puerta de salida, cogió las llaves que estaban en un llavero con la forma de un tomate.

La casa de Diana estaba a unas diez cuadras de la suya. Como Érica no quería caminar decidió pedalear utilizando la bicicleta de Martin.

Dejó la bicicleta en la entrada y tocó el timbre. Desde el fondo de la casa Diana dijo:

- Érica, ¿Eres tú?

Érica se revisó las manos pequeñas, las piernas delgadas, la blusa rosada, los pantalones rasgados y el cabello ondulado negro y concluyó:

- Sí, soy yo.

- Entra está abierto.

Érica entró. La casa era muy pequeña pero tenía suficientes adornos como para hacerla un hogar interesante y lleno de historias que contar. Desde fotos familiares en paisajes impresionistas hasta mascaras propias de rituales vudú de una película de terror de los 60.

El suelo estaba alfombrado. Solamente la luz de la cocina estaba encendida. Se quitó los zapatos y caminó descalza a la cocina. Si Érica fuera una caricatura sus ojos se hubieran alargado hasta ocupar casi toda su cabeza y su lengua se habría estirado hasta parecer una tabla de planchar.

- ¿Qué demonios es eso?

- Hola Érica me alegro de verte- dijo Diana ignorando su pregunta- ¿Haz bajado de peso?

- ¿Qué es eso?- preguntó Érica señalando la criatura encima de la mesa.

- Un pez

- ¿Eso es un pez?

- ¿No lo parece?

- Tiene manos

Unas “manos” estaban a ambos lados del animal, muy bien escondidas como si fueran las extremidades de una tortuga. El animal era enorme y ocupaba casi toda la mesa. Parecía una sirena cuya belleza fue destruida por un talentoso maquillador de cine gore. Tenía la cola de un pez y un rostro humano, al menos uno “humano” hace miles de años. Era demasiado tosco y con dos agujeros donde debería estar su nariz. Un poco de pelo le crecía en la cabeza y en la boca, ¿Será un bigote?

Sin embargo lo que más captó la atención de las dos chicas fue la prominente panza del animal.

Fue Diana la primera en perder el interés en la bestia, se dio la vuelta y le arrojó un mandil a Érica, quien lo atrapó con una mano temblorosa.

- Póntelo que vamos a empezar a cortar

Diana sostenía un cuchillo y uno de esos aparatos que servía para pinchar la carne. Diana tenía la boca cubierta y aun así Érica pudo ver su lengua pasando por sus labios con un apetito voraz.

- Espera, espera, espera- la detuvo Érica cuando Diana estuvo a punto de pinchar la carne- ¿De veras vamos a…- Érica se corrigió- ¿De verdad vas a comer eso?

- Si, ¿no me digas que no se ve apetitoso?- el tapabocas de Diana se estaba mojando con su saliva.

- No realmente- Érica se cubrió la nariz. Esa cosa empezaba a apestar.

- Si algo he aprendido comiendo bistec de hipopótamo, hamburguesa de boa o Nuggets de elefante es que no importa cómo se vea la carne sino como la cocines. ¿has visto la carne de los hipopótamos? Es morada maldita sea.

- ¿No me habías dicho que tus padres eran biólogos ambientalistas?

- Tienen gustos culinarios exóticos. No nos juzgues. La carne de bisonte manchado era tan deliciosa, exquisita diría yo. Lástima que ya se extinguieron.

- Diana, ¿Has probado perro?

Diana revisó su banco de recuerdos por unos segundos.

- Espera que viaje a China- Diana decidió cambiar de tema- ¿Me vas a ayudar o no?

Érica se dirigió al refrigerador y sacó una caja de hamburguesas de pollo congeladas.

- ¿Qué te parece si mejor comemos hamburguesas?

- Y privarme de probar esta deliciosa carne, ¿Estás loca?

Diana no esperó ninguna respuesta y pinchó al animal.

Como si fuera una alarma aumentada a la enésima potencia la criatura chilló tan fuerte que las dos chicas se tuvieron que tapar los oídos. La criatura se calló el hocico y sus “manos” salieron de su cuerpo estirándose como dos tentáculos. Una de ellas formó un puño y golpeó a Érica en la entrepierna cayendo al suelo y haciéndola ver como una devota rezando a su creador “¿Señor mío ojala mis ovarios no hayan quedado dañados permanentemente que quiero tener hijos?”.

La otra mano golpeó en la cara a Diana, quien cayó al suelo y soltó el cuchillo que parecía haber cobrado vida propia porque se alejó de ella, tanto que quedó fuera de su alcance. Diana se movía en cuatro patas para agarrar el cuchillo pero la mano del monstruo la agarró de la blusa, la arrojó y la lanzó fuera como una botella vacía que uno arroja sin darse cuenta de donde cae.

Diana aterrizó de espaldas bruscamente en el suelo de la sala. Algunos de los adornos en la pared cayeron rompiéndose en pedazos. Diana recuperó la conciencia en pocos segundos, agarró el trozo más filoso de “lo que sea que haya caído” y fue al ataque. Apuñaló al monstruo en el estómago enterrando todo el puñal improvisado y parte de su mano. Diana sonreía con una sensación de victoria creciendo dentro de ella. Diana no vio el puño gelatinoso dirigiéndose directo a ella, mejor dicho a su nariz. El golpe sonó como un boxeador golpeando una pera con cada parte de su energía y un poco más. Diana volvió a ser despedida de su propia cocina. Esta vez corrió por la derecha alejándose del monstruo y de Érica.

Érica agarró el paquete de hamburguesas endurecido por el hielo y golpeó ferozmente la cabeza del animal con una de las esquinas produciendo un ruido similar a una persona pisando vidrio. Érica podía sentir como el cráneo del monstruo se convertía en trozos deformes. Aun así no pudo detenerlo. Una de las manos la levantó impidiéndole seguir golpeándolo en la cabeza.

El monstruo agitó a Érica haciéndole soltar la caja de hamburguesas que cayó en uno de los ojos del monstruo cerrándolo para siempre. En una respuesta violenta el monstruo golpeó a Érica contra la alacena repetidas veces como si fuera una muñeca en las garras de una niña malcriada. Érica se retorcía pero la mano no la soltaba.
Diana regresó con dos hachas filosas de color marrón y de un mango de madera. El tallado era una cultura que dejó de existir hace siglos.

- Se acabaron los juegos. Es hora de cortar.

A Diana no le importó la efectividad de esa línea y corrió directamente hacia el monstruo sin dejar de gritar. Clavó las hachas repetidas veces en la carne de la criatura. Sus brazos comenzaban a dolerle pero la criatura seguía viva.
Debía continuar.

Dejó el cuerpo y optó por cortar la cabeza. Dio cuatro cortes seguidos y la cabeza ya colgaba de un trozo de piel gris. Con poca fuerza la otra mano pegajosa agarró de una de las piernas de Diana y la levantó. Mientras ascendía Diana pensó rápida y terminó de cortar la cabeza.

La cabeza cayó al piso acompañado de mucha sangre negra que lo inundaba.

Las dos chicas quedaron suspendidas en el aire por pocos segundos. Los brazos perdieron fuerzas y las chicas cayeron cuesta abajo mojándose todo el cuerpo en un laguito de sangre.

Las dos se pusieron de pie con mucha dificultad.

- ¿me ayudas a limpiar?- preguntó Diana apoyando los codos sobre la mesa recuperando el aliento.

El estómago de Érica rugió de hambre.

- Cortemos a esta perra.

Diez horas después

La criatura abarcó 37 tapers de carne y la sangre fue muy difícil de limpiar. Ambas chicas estaban cansadas pero satisfechas al ver un tazón de chicharrones recién fritos.

- ¿Quieres ver una película?- preguntó Diana levantando el tazón.

Érica no respondió porque tenía la boca llena de chicharrones. Quería decirle que tenía que hacer una monografía pero al carajo con el trabajo escolar. Había luchado contra un monstruo.

- Claro, ¿Qué vemos?- preguntó Érica después de tragar.

- ¿Eso importa? Solo quiero relajarme.

Érica asintió y las dos se fueron tambaleando y con pasos débiles a la sala para tumbarse en el sillón más cómodo del universo y comer chicharrones.

Texto agregado el 09-11-2017, y leído por 0 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2017-11-09 12:08:05 Que curiosa historia, aunque fue bastante atrapante. Sugiero que revises más la redacción, en cuanto a puntuación y palabras que faltan. Saludos sofi_al
 
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