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Inicio / Cuenteros Locales / DesRentor / Balas I - Parte 2.

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Ella usa unos anteojos grandes y negros. Su cabello lleva los mismos tonos que su ropa oscura también. Natural, no usa mucha maquillaje y posee unos cuantos tatuajes en el cuerpo. Es una mujer bastante interesante a la vista, pero mucho más interesante al momento en que te habla, su voz es bastante particular, contraaltos se encuentran en pocos lugares con esos tonos de bajos y una risa tan explosiva como el mar. Desde el punto de vista mío, como descriptora y narradora de la historia misma, podría decir que es de ese tipo de mujeres que llaman la atención por su desplante a quien quiera que se le cruce por delante, esa parada de que no le importa nada, pero a la vez extrañada y algo introvertida, cosa que genera algo de misterio para ambos sexos. Los temas de conversación y las cosas que mira cambian de color a través de una sinestesia cuántica. En pocas palabras, su voz tiene color. Pinta los cerebros y los oídos de los que la rodean y eso es lo que más llama la atención. Escucharla, algunos dicen, es un privilegio, ya que su opinión siempre tiene un muy buen fundamento. Tiene ojos profundos, grandes y oscuros. Parecen ser también parte del misterioso efecto que produce sobre las cosa donde pone sus sentidos. Son de esos ojos que conocen el dolor y también el placer, la violencia, el sexo y las heridas que al igual que sus tatuajes también posee su cuerpo. Es de piel blanca y suave, sus dedos conocen el trato del cuerpo humano desde temprana edad y la verdad, en este preciso instante puede que quiera buscar algo más, ahí sentada en una mesa escuchando música esperando el pequeño acto en que alguien se acerque a sentarse con ella. Prepara un cigarrillo transportando el tabaco con perfecta pericia y afecto. Sabe que lo va a disfrutar. Bebe un trago de su cerveza y pega el papelillo con el resto de ella en sus labios. Cruza sus piernas bajo la mesa, hace calor y con panties se hace incómodo quedarse en la misma posición. Sólo verán la imagen y el discurso de ella. Es nuestra personaje principal, si no mal recuerdan. El nombre lo dejaremos incógnito o mejor aún, un espacio de silencio generado por puntos suspensivos que ella misma determinó para que ustedes, los lectores, le puedan colocar un nombre... Si ya están listos, seguimos.

Ella calcula el tiempo para pedir nuevamente algo y la cantidad de cerveza después de ese sorbo con el que ha sellado el cigarrillo. Mira la hora en su teléfono, cambia de lado el apoyo de su brazo izquierdo y escribe una corta respuesta. Es la última cosa escrita que le dirá ese día a aquel muchacho, el otro escritor con el que se conocen hacen un par de años. La fecha también la dejaremos aparte. Podemos decir que fuera o no verano, iba a hacer calor igual durante la tarde. Veintitantos grados y veintitantos taps en la pantalla reprodujeron el mensaje cuando el otro personaje llegaba ya a la esquina donde se separaría de un colega para tomar dirección al bar donde ella lo esperaba.

- Sí, te estoy esperando.

Algo así lo recuerda él: Verla de reojo identificándola bien. Recordaba todo de ella, pero encontró en su cara algo que reafirmó la teoría de que había una cosa que lo hacía dudar de hace unas semanas. El tema puntual es que ella le gustaba, pero no estaba seguro de cuánto. Y al encontrarse con nuestra protagonista principal, no cambió de parecer en nada. De hecho también podríamos asegurar que nunca bajó la intensidad. Siempre creció acorde las circunstancias y los encuentros futuros que se dieron hasta que todo terminó, porque hay que reconocer que las cosas no son para siempre y eso es una enseñanza tan hermosa como práctica. Por otra parte, podemos decir que incluso en esa fase de término el sentimiento siguió en aumento o que por lo menos se estancó en algún momento. El protegió lo que conoció y aprendió de ella. Lo atesoró por más corto o insignificante que fuera. Fundó en su mente un espacio casi real, un espacio físico neuronal donde se autoconvenció de que ella era la persona ideal y conservó las mejores imágenes para sentar las bases de esta edificación metafísica que llamamos amor hasta que todo frenó en seco. Pero hasta el día de hoy, si pudiéramos medir esta categoría de sentir, nos daríamos cuenta que jamás decayó. Jamás se redujo en cantidad ni en volumen. Nunca lo dejó abierto para que la maldad o los malos pensamientos lo consumieran. Y eso es una verdad empírica que se escapa a los personajes de esta ficción. Puedo dar fe de ello, porque he vivido el amor. Conozco la historia y lo he vivido como narradora en carne propia, pues tengo la omnipresencia dentro de esta historia y la descripción de los hechos tal como se los daré a continuación.

En la mesa había un shop de cerveza, un teléfono, un monedero, un cigarrillo hecho y aún así, obviamente, lo más importante fueron sus ojos al verla. Se acercó algo nervioso por un costado del asiento de ella y le besó la cara por primera vez en mucho tiempo. Una mejilla suave y blanda encontró en el camino que chocó con su saturada barba acumulada de dos semanas. Tomó asiento y preguntó qué tomaba. La cerveza se iba a convertir desde ese día, en una cuestión netamente trascendental para él. Tuvo su primer encuentro con olores notorios durante la tarde bebiendo junto a ella. Le tomó cariño nuevamente al humo del tabaco mientras bebían también. Y quiso tener más tiempo para agradecerle todo lo que aprendió de ella, de la experiencia que generó el estar ahí compartiendo y no tan solo una cerveza, sino el espacio, la sapiencia, los tiempos y las palabras que nunca fueron en vano. Pidió un shop y lo esperó paciente mientras rompían el hielo conversando. Casi todo lo que se dijeron iba directo al grano. Sucesos, hechos y más palabras. El bar no estaba tan lleno y ellos bebían en la terraza. Siguieron en ruta a cambiar la mano de la atención y al rato figuraban en otro bar, con otras cervezas en mano. Jamás se va a olvidar del olor a aceituna que logró identificar antes de beber el primer sorbo de una Stout. Jamás se va a olvidar de la caminata algo encendida en dirección a mirar el mar. La llamada de su mejor amigo mientras casi abrazados en la playa le tocó contestar a él cuando ya la noche caía y él en su mente intentaba con todas sus fuerzas estirar la dimensión del tiempo con tal de que todo ocurriese más lento. La historia sigue corriendo hasta altas horas de la noche. Un camino a casa en la desesperanza de un ebrio junto a una mujer ebria. Riendo, caminando algo apurados, apuntando la frente al sur del local donde andaban. Un libro, un beso, y un acto de confianza los hizo dormir por unas cuantas horas bajo las mismas sábanas.

Éste es realmente el final del acto uno.

Texto agregado el 15-06-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-06-15 18:18:27 Leída la I Parte esto va in crescendo!!. Felicitaciones y un abrazo, sheisan
 
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