Mientras agonizaba, moldeada la piel en un largo repertorio de muecas silenciosas, Ernesto tuvo de repente la sensación de no estar muriendo. Entregado a un último arrebato de desespero, había estado golpeando el aire con los cojines del salón. Lacerantes guadañas de algodón. Para encontrarse, no sólo no muerto, sino ensuciando el blanco del sofá con las suelas de su obstinación.
Así que dejó de morirse. Se volvió a sentar y se recompuso el pelo, la camisa y las percepciones. La convicción del fin que tenía minutos antes se desdibujaba ahora, perfilándose en el aire de la sala de estar un escurridizo “¿Y ahora qué?”
En las puertas del último adiós, lo había quemado todo. Los muebles, los poemas, las ataduras. Así de convencido estaba de la inmediatez del fundido en negro. Sólo le quedaba un sofá, tres cojines y sesenta-y-cuatro metros cuadrados de incertidumbre.
Dos días más tarde, hambriento de novedades como estaba, le ilusionó reparar en la incisiva aparición de un dolor creciente en el pecho. La experiencia reciente le hacía cauto, pero secretamente se regalaba intuiciones del fin. Esta agonía, no obstante, se desvaneció. Al igual que las subsiguientes. Pero se mantuvo en el sofá con determinación de atlante.
Tarde o temprano lo conseguiría.
|