Estaba a siete segundos de morir. Siempre me había resistido a la idea, en broma, en serio, en sueños y en pesadillas; pero, esta vez me dejaba ir. Cual pluma al viento. Me dejaba ir. Quería acurrucarme de una vez en el vacuo infinito, postergado eternamente, hasta hoy. No. No había lágrimas. No. Tampoco había alegrías. Era un paso que disfrutaba-sufría con excesivo cálculo.Aunque siete segundos ya eran demasiado. Un rapto de ansiedad me empujaba al final de ese camino enmarañado que se me atragantaba. Sería más fácil si solo daba un salto. En seco. Sin redes de contención. Con los ojos abiertos, los cabellos al viento, el alma descubierta y el corazón dispuesto, latiendo a mil por hora. Tenía las manos sucias y no me importaba tanto como sí las culpas. Esa mañana no había saludado a mamá ni me había despedido de papá. Tal vez por eso se habían alojado, como unas ruletas rusas, en mi estómago y en mi mente. Y siete segundos eran muy pocos para desaforarlos. Entonces: una lágrima, luego mil. Hacía falta aquel torrente prístino para decir adiós. Mis manos quedaron limpias y -de espaldas al mundo- las levanté en olas hieráticas y salté. Me quedaba un segundo para caer.
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