Y ahí estaba, como siempre, parada en una esquina con moretones por todo su cuerpo, con la frente cortada y el vestido, que su madre le había regalado, roto, las rodillas sangrando y una pequeña lagrima cayendo del rostro atormentado de una niña con tan solo 6 años, pero que aun conservando la inocencia y esperanza por cada gota derramada y cada golpe plasmado en su cuerpo. |