DE ESPALDAS
Me instalé en un hotelucho de fachada verde, con habitaciones pequeñas y camas asqueadas de tanto ajeno, había un cuadro de una plaza solitaria en otoño y me quedé a contemplarlo tratando de esquivar la incipiente llamada de mi jeringuilla. El ansia aún estaba baja y pude también darme una ducha, grave error, el alma se me escurría por el desagüe.
Al salir sequé lo que quedaba de mí, sintiendo cada parte de aquella toalla con bordados ilegibles. Surgí ya con el pujo desbordándome y me chuté de espaldas a la ventana. De pronto todo se torno suave, me hundí en el colchón y cerré los ojos dispuesto a dejar de estar. Dormí y tuve un sueño sangriento, las luces eran rojas, la gente gritaba mi nombre mientras una hemorragia salía de mi polla dibujando un charco tibio entre una puerta y una escalera; “matarle”, gritó alguien desconocido.
Desperté empapado, de nuevo aquel sueño, de nuevo un mal viaje, ya nada me salía bien, iba a sucumbir dentro de una búsqueda absurda por encontrarme nuevamente. Y es que desde que me había dejado tirado como a una colilla no podía sino pensar en lo cabrón que era el amor, con su cursilería de tranvías que se iban y no volvían, con sus crepúsculos de mentira…Porque todo era mentira, las calles se habían tragado a Carmen y a mí solo me escupían a la cara.
|