Muñeca del deleite, mercenaria de besos,
liquidaste de un sorbo el ron de los excesos...
Le diste un mordisco a todas las manzanas
y en brazos de quienes se te vinieron en ganas,
brindaste a la salud del pecado y sus sabores
por otro siglo más de amores impostores.
Corrió en boca de todas las damas
el infierno de tu lengua en llamas
y no hubo quien dudara en renunciar al purgatorio
por conocer los secretos de tu dormitorio.
Por echarte a dormir, te hiciste la fama
¡y juro que nadie fue más famoso que tu cama!
Duele verte tan sola, sirena...
¿qué fue de los marineros que enredaste en tu melena?
Aturdida, festejas cada agosto otro aniversario
de un dolor que peina canas en tus calendarios.
Haces de tus lágrimas los versos de una canción triste,
para testimoniar la odisea de un corazón que resiste.
Muñeca, enciendes otro cigarrillo
y entre las cenizas de recuerdos amarillos,
se despedaza la razón de tus instintos.
Cuando la realidad y la ilusión toman caminos distintos,
escribes una página más en tu diccionario de reproches,
con la tinta oscura del otoño de las noches.
|