La noche pasada casi no había podido dormir, respiraba con la boca abierta y los mocos se deslizaban líquidos hasta llegar a la almohada donde se unían a las babas.
Por la mañana me levanté y mi madre dijo:
—Tienes gripe y estas ardiendo. Metete en la cama y arrópate.
La almohada todavía estaba húmeda y le di la vuelta. Luego llamaron al timbre.
—Hola —dijo una chica con carpeta—. Soy de seguros Ocaso.
—Hola —le dije yo—, tengo gripe.
—Vaya —exclamo—, estas malita. Tienes que ir al médico.
—Sí, a tomar pastillas
—Yo venía a hablarte de nuestros seguros.
—Ocaso me suena a muerte.
—Hay que estar preparado para todo.
—Para la muerte no hay que estar preparado.
—Yo me refiero al tema económico, no querrás que luego los vivos se queden con todo el marrón.
—A mi eso me da igual. Por mí como si me usan para alimentar a los perros.
—¿Tienes Fiebre?
—No lo sé. No tengo termómetro.
En eso sonó el teléfono.
—¿Sí? —pregunté.
—Sí —contestaron.
—¿Quién es? —. La chica de los seguros se sentó en la cama.
—¿Tienes fiebre? — Me preguntó una voz al teléfono.
—No lo sé. No tengo termómetro —contesté.
—¿Le has dado de comer a los perros?
—No.
—Bueno, yo te dejo.
—Venga —. Había un charco de agua bajo mis pies.
—Si no te importa, me voy a acostar un rato — le dije a la chica de los seguros.
—No me importa. Oye —dijo—, tú casa se está inundando.
—No te preocupes, sólo tienes que girar la almohada.
—Vale, ¿has pensado mejor lo del seguro?
—No, pero me interesa lo mismo que la vida.
—Entonces te explico —sacó una carpeta y un bolígrafo transparente que agitó varias veces— ¿Cómo te llamas?
—Mónica, pero de verdad no me interesa nada.
—39 y medio.
—No. 25. Tengo 25.
|