Mi gato y yo vivimos solos. Es un cielo, con esa manchita negra al lado del hocico. Me ama con locura, pero es muy celoso y, como buen gato, ignora la diplomacia.
Esa noche lluviosa llegó Andrés. Dejó su paraguas en la entrada. Me besó y se sentó en el sillón, buscando con la mirada. Pero en cuanto su presencia se olió en la puerta, mi gato desapareció. No lo vimos en toda la noche.
Temprano, Andrés se levantó para marcharse al trabajo. Y al buscar el paraguas lo vió.
Estaba sentado frente a la puerta, mirándolo con descaro a los ojos.
Andrés, insistente como siempre, decidió que era una buena señal. Lo llamó con voz cariñosa y el gato ronroneó.
Sorprendido y contento, lo acarició y salió silbando de la casa.
Llovía, así que abrió el paraguas...
Mierda! Estaba lleno de mierda..!!
Miró furioso hacia atrás y allí estaba, mirándolo tranquilamente desde la ventana.
Juraría que estaba sonriendo.
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