Desde hace tiempo, aunque no mucho la verdad, recorro la oscura soledad de los sueños; es fácil sobrevivir y, a veces, recuerdas lo que es sentirse vivo realmente.
Quizá el mejor momento de toda mi vida fue cuando en la inmensa soledad de un corazón desesperanzado pudo brotar una pequeña y adorable rosa roja; no había nada mejor que hacer, así que... La observé. La rosa creció, pero nunca se abrió; inexplicablemente, un rosal se formó a su alrededor, y unas rosas crecían y se abrían, terminando por marchitarse, mientras que algunas se desprendían del rosal y desaparecían. Por mucho tiempo que uno observara, aquella pequeña rosa roja no se abría; los únicos cambios que sufría era un despertar bañado de rocío, que embellecía aún más su perfil.
Y llegó el día en el que crecieron también otras dos plantas: una rosa blanca y un cardo. Creo que era la hora de decidir, y la pequeña rosa roja eligió a la rosa blanca, y también desaparecieron, dejando al pobre cardo sólo...
Hasta que decidió marcharse para siempre de las vidas ajenas.
Entonces, mi manera de ver las cosas cambió. |