En pleno corazón del sector precordillerano, un hombre rural, hastiado de su pobreza, decide emprender una aventura.
Entusiasmado tomó el camino de una mina abandonada para buscar el metal precioso. El esperaba de esa manera asegurar los dias de su ancianidad. Cuando Ramón Quinteros, como se llamaba el pirquinero, se iba acercando a la veta, un viejo de barba blanca y larga le salió al paso. Con una voz serena que no parecía humana, lo saludó:
- "¡Guenos días iñor, pa' onde va tan solo¡". - Ramón se sorprendió ante la presencia del viejo, vestido con tanta pobreza.
- "Buenos dias anciano" - Le respondió con voz dudosa.
- "¡Oiga usté iñor, tenga cuidao con esa mina de oro¡ ¡Está embrujá¡......
Ramón lo miró y con cara de duda y al mismo tiempo de soberbia le respondió:
-"¡Yo no le tengo miedo a ná, pa que lo sepa!"- Después pensó:
"Este viejo me está mintiendo. ¡No le voy a hacer ni un caso¡".
Siguió su camino, apremió el paso de su cabalgadura y de las mulas. Sorteó todas las dificultades, hasta que finalmente llegó a la mina.
Estaba picota en mano perforando la veta cuando comenzó el terremoto. Era de tal magnitud que se abrió la tierra y lo tragó junto a su caballo y las mulas.
Desde la tierra apareció con su enorme palidez, el viejo que le hizo la advertencia sobre el peligro de la mina.
El viejo cubierto de harapos exclamó:
- "¡Esta mina nunca será de otro¡ , ¡Aquí fué donde dejé mi vida¡".
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