La niña miraba por la ventana, con aquella mirada ansiosa y esperanzada de quien espera ver aparecer frente a sí aquella persona que es objeto de su afecto.
La niña continuaba sentada frente a la ventana, justo a la par de la puerta de madera de la entrada principal de la gran casa blanca, que justo en ese momento se encontraba en completa soledad.
El silencio de aquella enorme casa llenaba de tristeza el corazón de esa pequeña niña.
Ya eran las 3 p.m. pasadas, ya llevaba más de una hora de retraso. “Ya vendrá” pensó, y se detuvo en ese pensamiento, tratando de dejar atrás todo y fuera de su mente y evitar así escuchar lo que su razón le decía a gritos “abre tus ojos, date cuenta que no aparecerá”. Y la niña siguió jugando con sus muñecas para no pensar más en lo impensable.
Ya son las 8 p.m., y él nunca vino.
Una lágrima transparente y cristalina recorre la mejía de la niña de los ojos grandes, y la tristeza y melancolía se apoderan de su ser.
Han pasado muchos años desde ese día triste, y a la fecha, él sigue sin aparecer. |