Había caminado veinte cuadras, huyendo. Jadeaba por el cansancio, mientras sus piernas continuaban la carrera. Se detuvo en la esquina de Huérfanos con Teatinos, mirando hacia atrás, buscando a su perseguidor. De pronto, notó que la calle estaba vacía, tanto como su alma. Y oyó un susurro, que le erizó los cabellos de la nuca. Se volvió. Junto a ella la figura vestida de negro le sonreía con dientes blancos y filosos, mientras la tomaba de la mano y la arrastraba por la calle.
©YCHS, 2004, Chile. Todos los derechos reservados |