Casi siempre son hombres pretenciosos, bien parecidos, que gozan de cierta popularidad y que derrochan su simpatía a golpe de halagos y piropos, generalmente detrás de un mostrador, una barra o en un concesionario. Tal derroche de cumplidos tras las primeras treinta veces, porque a las féminas aún nos gusta que nos coman la oreja; resulta repetitivo.
Jóvenes seductores que practican para ser futuros caballeros cuando lo único que consiguen es convertirse en falsos Don Juanes arrogantes e hipócritas. Me asusta la frecuencia con que me encuentro con estos especimenes pululando por nuestra sociedad.
Es agradable empezar el día o incluso terminarlo con un piropo y responder con una sonrisa, pero cuando esto se hace insistente te preguntas; ¿pero este que pretende, tomarme el pelo?. Aunque en el fondo no son malos chicos, no lo hacen con mala intención, si acaso solo son aduladores por llamar la atención. Pero ya va siendo hora de que dejen atrás el crecimiento selectivo, es tiempo de que crezcan plenamente y aprendan que todo en su justa medida.
Los halagos gustan cuando son oportunos y muchos más si son o al menos parecen sinceros, los insultos duelen si son los justos e inesperados y la sonrisa enternece y conquista si no se exagera hasta convertirla en una mueca, lo dicho todo en su justa medida. El dosificar es un arte del que carece el adulador, el grosero y el arrogante.
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