Pasé entonces tanto tiempo dentro de mi dolor que fue necesario el obligar mi alma, a retomar el obstáculo que significó para ella, el estar presente mientras que sus alas se extendían a lo largo de mi enorme ego.
Ego que fue proporcionado por la estima de aquellos que pensaron en fijar fechas de muerte para este desgarrador dolor.
Más este, insensato, Persistió en medio de la inquebrantable verdad de vivir muerto.
Y aunque a veces muerto caminé de la mano en soledad.
Aprendí sollozo a explorar mi corazón. Hasta que el mejor amigo de mi ego se acercó, acribillando mis enormes alas forjadas de inmundos sueños eclesiásticos, que perecieron dentro de este al momento de estrangular mi auto crítica.
Al final. Ese amigo me miró fijamente mientras se daba cuenta de que estaba viendo un simple espejo. Él gritó al darse por enterado.
Sin ocultar la decepción, las lágrimas salieron de sus ojos, tal como un niño corre hacia el parque buscando diversión. A sí, de igual forma mi llanto busco el refugio que dentro de mi propia alma no encontró.
Míentras la tristeza se marchaba, mi dolor se agudizaba. Hasta encontrar la verdad que había visto frente a mí mismo.
Cuando su reflejo dejó escapar la realidad. Su alma se estancó en lo profundo de mi mente, que perduraba en su reflejo, siendo él, el mismo que pensó ser.
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