Una libélula vuela en la neblina de las montañas,
del cerro grande y enterrados en las entrañas.
En una patria lejana,
donde mi sangre se formo.
Y con un poco de azúcar de caña,
me embriaga la vida.
Cadenas que no se ensarran con sal de lagrimas.
Palpitaba la tierra,
entre rocas de lava
y vientos al viento,
con anhelos que voltearon el hemisferio,
para que mareas llenen mis zapatos.
©® Karolina Arévalo |