HUÉSPED
Con tu mochila a cuestas cargada de silencios y un cayado de espinos, descalza y abatida te encontré bajo el quicio de la puerta una tarde, abrí de par en par los brazos de mi alma, dejé la puerta abierta, entraste con el viento, y me ofreciste ayuda para afrontar la vida, o para hallar la carta que cierra el solitario. Llegaste, soledad, tan desolada, tan sedienta de sol, que te ofrecí la luna del ropero, y en sus perchas colgaste tus harapos. Cien fanegas de sal has comido conmigo y eso me da el derecho a llamarte mi amiga. No temo tus desplantes y dejo que compartas la anchura de mi lecho. |