Cuando mi tío me encargó que fuera a comprar tomates dos cuadras más allá de la casa, pude observar con detalle sumiso la puesta de sol. El viento de verano, lo único bueno de esta ciudad, se sentía sutil, callado, y luego con esa potencia de huracán pasaba por mi alma haciéndola girar. Y a la vuelta de la esquina me trajo a un chiquillo de mi edad, con un pañuelo en la cabeza y el tostado ligero.
- Hola- le dije como susurrándole a las moscas.
- Hola.
- Te ves lindo con ese pañuelo.
- Ah, gracias.
- ¿Cómo has estado?
- Bien. La otra semana me voy a la playa.
- Ah... pues, que te vaya bien. Tienes que tostarte más.
- Ya.
- Me tengo que ir.
- Ah, ya.
- Nos vemos.
- Nos vemos.
- Chao.
- Chao.
Lo miré bien fijo, como si sus ojos fueran el camión de la basura. Entonces se acercó a mí. Hice lo mismo.
- Bueno, yo me voy. Tengo que ir a dejar los tomates.
- Ah, ya.
- Nos vemos.
- Que estés bien.
- Chao.
- Chao.
Vuelta a mirar a los ojos. Mis piernas flaqueaban mientras esos minutos volaban como el polvo de aquella vereda. Y no lo resistí más. Los tres pasos que nos separaban se fundieron en un beso. En un dulce beso. Y mientras lo abrazaba con fuerza, se me cayó la bolsa de tomates. No importó, seguía concentrada en mi labor pasional.
Al entrar a la casa me acerqué a mi tío con un evidente rostro color tomate. Mi mamá estaba de cumpleaños e íbamos a hacer un asado. Lo único que faltaba en la mesa era la ensalada de tomates. El jugo resbalaba por la bolsa negra de nylon. Adentro, los tomates reventados y con el sabor rojo y dulce de quien se ha enamorado. |