Érase una vez una joven que en los últimos tiempos habíase transformado en una mezcla de Cenicienta y Bella Durmiente: cada noche, no más allá de las doce, abandonaba toda actividad y buscaba el sueño reparador que la mantuviera vital, joven y hermosa -quizá llegara bella a los cien años, o más-.
Mientras tanto, su esposo, sintiéndose cada vez menos príncipe y más pirata, lanzábase a navegar, cual Simbad, en busca de alguna Sherezade que quisiera llenar de cuentos sus más de mil y una noches de insomnio y soledad. Y la encontraba...
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