LAS PUERTAS QUE SE ABREN.
Dormía de frente a la puerta de su habitación. Por el miedo de intrusos en la noche. Pero un día quiso enfrentar el temor y durmió recogida a la pared.
Los goznes aceitados y la madera barnizada mecieron su sueño. El pomo, entonces, fue sujetado con fuerza y ella, de espaldas, también fue ajena a la puerta que se abría lentamente y en la penumbra.
Como el silencio de la madrugada, como el ocaso del sol, sus ojos abiertos fueron el grito que no alcanzó a dar porque el temor ya no existía entre sus pupilas fijas y distantes.
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