Luminarias cíclicas
abren los ojos
a la maravilla.
Una costilla
se desprende
del Adam Cadmon
y señorea
su paso femenino
tras los silencios
del atardecer.
Un viento leve
sacude los cimientos
del poema.
Una canción discreta,
trepando por las piernas
de la noche.
El broche del misterio,
abriendo los cerrojos
de mi vida.
Y vos,
esa campana nueva,
esa luz,
esa misa
que invoca catedrales
en mis sombras,
que acierta despertares
en mis manos,
desteje telarañas
de señales
y se une
a mi paso. |