Deben haber tenido como noventa años cada uno. Salían a caminar en las mañanas, con abrigos iguales, y sus rostros cansados pero contentos. Todos los días los encontraba en mi camino al trabajo. Eran tan iguales como una sola gota de agua. No sé cómo los gemelos tenían tanto que contarse y tanto de qué reírse.
Durante unos días no vinieron. Supuse que estarían enfermos. Hasta que un lunes vi a uno de ellos caminando solo. Con paso lento, y sus ojos brillosos. También el martes y los días siguientes. De repente sonreía, igual que antes cuando conversaba, como si se contara sus propias vivencias. Me parecía que estuvieran los dos.
Después de un mes, ya no vino ninguno.
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