El ruido del portón significó una esperanza.
Me aferré a ella, como un niño a su madre
cuando una tibia desgracia inocente provoca el llanto.
Era el viento, posterior a la tormenta,
que deslizó el portón. No era ella.
Tal vez un fantasma aprovechó la gentileza
y se metió en la casa. Así lo creí, y lo invoqué.
Pero no resultó ser un fantasma amigo de las letras.
Más tarde, unos pasos explotaron un charco en la vereda
(los escuché porque mi ventana da a la calle),
pero fueron perdiendo su sonido en la noche.
Encendí el último cigarrillo de la jornada,
el del reproche. La radio sólo ofrecía una sucesión de ruidos.
Exhalé el humo con vehemencia, casi con furia.
Y de un solo disparo, maté al amor
en el centro del pecho.
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