Dormía la noche entera,
la luna estaba, de oro fino,
por los cristales bajaban
lágrimas de llanto albino.
Nuestros corazones bailaban,
justo el ritmo permitido,
y las manos acariciaban
nuestros cuerpos, nuestro sino.
Jadeaba el amanecer
decires, quejidos y trinos,
tu alma a mi parecer
se incrustaba en mis sentidos.
Bajando por las caderas,
penetraba tu carne y ardía,
la penumbra placentera
admiraba, dos almas se querían.
La dulzura de tus besos,
era, de suave gusto a primor,
buscábamos el primer hijo
con tanto y..... tanto amor...
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