Ayer Pablo trajo unas flores rojas y amarillas y las plantó en una maceta bajo la ventana.
Hace calor, ahora está regando el jardín y el agua tiene olor a baldosa y a tierra.
-Mirá Pablo, una abeja muerta !-
-Pará, le tiro un poco de agua y vas a ver como resucita.-
Pablo acerca la manguera y un chorro plateado se vierte en ese cuerpo pequeño y lo arrastra peligrosamente hacia la rejilla.
De pronto, la abeja, hasta ese momento inerte, bate sus alas con un zumbido urgente y se aleja, ignorante de todo milagro.
Y fue asi que mi hermano mayor, en esa tarde calurosa de verano, ante mis ojos de niña crédula en reyes magos, le devolvió la vida a ese ser breve y diminuto, suerte de humilde Lázaro de nuestros tiempos.
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