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Inicio / Cuenteros Locales / albertus kilaflaitae (quilapan) - [U:quilapan]











Allí quedamos: fuera del tiempo.
Todavía estoy junto a ella. Porque ella me ha subyugado y me arrastrará por los siglos.
Si es que los siglos pueden pasar junto a ti: ¡Colomba!
Mi cabeza es un laberinto.
Apenas una idea logra fijarse un tanto, apenas quiere formularse, ya es arrancada y se va.
No hay aquí que pensar como se piensa allá, allá, en la parte desnuda de la Tierra. Porque su techo es demasiado portentoso. Su techo contiene estrellas y ellas, a todo momento, nos recuerdan nuestra insignificancia.
O tal vez no contiene estrella alguna.
Aquí, en el centro de la Tierra, hay una estrella. Y esa estrella eres tú: ¡Colomba!
Callo. Me inclino.
No hay aquí que pensar como en la superficie de la Tierra.
No hay aquí que moverse. Hay, aquí, que desaparecer. Porque cualquier movimiento que haga me acercará a tu superficie y es ahí, ahí, ¡ahí!, donde se hacen las cosas de las que hay que huir.
¡Huyamos, Colomba, huyamos!
Pero sin movernos.
Te repetiré:
Quieta, Colomba, quieta...
y se presenta ante mis ojos la terrible prostituta que hay mezclada con ese quietismo tuyo, ¡Colomba!
Me callo.
Oigo.
Y la prostituta se desvanece. Es chupada por la superficie de la Tierra.
Han desaparecido todas las prostitutas. Tras ellas mi mente se vierte y quedo vacío.
Tras las prostitutas toda mi mente se ha ido a la superficie de la Tierra.
Me siento sin vida; me siento muerto.
Se ha detenido el tiempo.
Ha cesado el concepto de siglos, de épocas, de edades.
Colomba está frente a mí.
¡Que sea el silencio eterno junto a nosotros!
¡Que de este silencio nazca otro mundo que viva en la muerte! ¡Que de la muerte nazca y florezca otra vida!
Colomba, tú lo puedes.
Suprime de esta vida el concepto de muerte.
Ya no puedo hundirme más. Pues para el lado que lo intente volveré a nacer.
No quiero nacer más. No quiero morir.
Estemos quietos, ¡Colomba!
Quietud en la Tierra que ya no gira. En la Tierra que está inmóvil junto al Sol, junto a los planetas, a los astros, junto a la inmovibilidad absoluta.
Por esta inmovibilidad movámonos, ¡Colomba!
¡Que desaparezca todo aquello que nos dé una relación de que nos movemos, tú y yo!
Porque no nos moveremos.
Detengo mis ideas porque ellas nacen, viven, mueren.
Aquí en el fondo de la Tierra tengo que repetirte:
¡Quieta, Colomba, quieta!
Seamos en el silencio.
¡No hables, no hables! Porque quiero entenderme contigo de verdad. Quiero que nos entendamos directamente.
Ya lo ha dicho Teodosia:
‘El soliloquio hueco e insípido que siempre mantenemos con nosotros mismos…’
Ni un soliloquio habrá ahora. Ahora dejaremos que ruede el mundo sobre nosotros y nosotros, en la calma total, sabremos que el mundo rueda allá arriba.
Pero lo sabremos sin saberlo.
Entonces el mundo podrá rodar hacia la eternidad. Y nosotros veremos, atónitos, esa eternidad que nos rodea ocultándose.
¡Sí, sí! Yo quedaré atónito; tal vez, maravillado.
Pero de tu voz muda oiré el murmullo imperecedero de lo que aún no ha empezado.
Entonces correré, correré como un demente. Y, de pronto, me hallaré frente a un inmenso Monosépalo Irregular. Al verlo, sus hojas todas, sus raíces todas, gritarán:
- ¡Colomba!
Y yo bajaré, bajaré, bajaré. Y estaré, unos instantes, junto a la tumba de la codorniz.
Entonces habrá paz. Porque podré, ¡por fin!, vivir sin cuerpo. El eco ya no resonará con su estampido junto a mí; ya no seré pulverizado. Cogeré con los dedos que no tengo ese simulacro de cuerpo. Y por ese simulacro podré gritar:
-¡¡Colomba!!

-Juan Emar, Umbral


Bibliografía:


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