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Inicio / Lista de Foros / General :: Anuncios / BUSCO A AUKISA - [F:12:11588]


bordelinepers,21.04.2010
Era un cuentero de aqui, hace mucho lo leí deseo saber donde lo puedo leer o si alguien tiene alguna noticia.
 
NOELIA_FERNANDEZ,09.08.2010
EL ES PERUANO DE MI PAIS KE SERA DE EL :s
 
Petecus,09.08.2010

bCRONICA MAYA/b

baukisa/b


Los pájaros trinan en el follaje alto roturando apenas la inmovilidad de las hojas que se agitan como castañuelas vegetales, los monos se balancean en la espesura y chillan reclamando la ocupación de su territorio. Arrastro mis pies sobre el suelo húmedo claveteado por el sol que penetra como lanzas de luz. Me acerco a Tikal, la ansiedad me ayuda a rememorar fantasías de los años en que conocí lo maya acariciando brillantes fotografías que mostraban sus pirámides escondidas entre la bruma de la niebla baja. Recuerdo que sus escalones me parecieron mandiles drapeados puestos sobre laderas de colinas madres. Si el universo tiene caminos, pensé, las escalinatas debían ser sus gradas de ingreso. Establecí afinidad con aquellas imágenes, juzgué mía la piedra y mía la floresta; pero me faltó, entonces, la capacidad de otorgarle lugar y geografía a esas imágenes que gatillaban historias que inventaba. Me prometí subir algún día las escalinatas y comprobar si los peldaños de piedra conducían a un hogar eterno y averiguar si los quechuas y mayas éramos hijos de una sola leyenda.

Voy repitiendo el nombre mientras camino: Tikal, Tikal, resonancia guardada en campañillas de jade y oro, sonoridad pétrea y vegetal que redime el alma cuando se aleja de los labios y se la recoge de nuevo en alas lepidópteras de suave ámbar martillado. Tikal, Tikal, letras que vuelan de consonante a vocal y de vocal a consonante creando de nuevo la musicalidad que los Mayas lograron para reconocerse atitlánes. Salimos del bosque para atravesar un pasaje de piedra tallada que preludia algo importante y, de pronto, como si descubriéramos el dorado, se abre a mis pies el lugar, la geografía, fronteras y floresta. Es un espacio liberado de selva, guarnecida por pirámides esbeltas que parecen multiplicarse como abalorios de piedra. Me detengo absorto, el sol matutino se estrella sobre las escalinatas de mis recuerdos, rebota sobre la pirámide gemela y se deposita en el césped como lámpara incandescente. Todo el escenario tiene un faro de luz natural que se recrea ante mis ojos absortos. Más allá, una elevación intermedia guarda al dios de la lluvia. Hacia el este, aislando la plaza, una estilizada edificación horizontal rompe la verticalidad del conjunto y aquieta el ascenso de las pirámides.

Comparo las piedras megalíticas de mi patria antigua, distintas, ciclópeas, palpo la diorita aquella y la caliza delicada que toco ahora, es la sensualidad maya y el minimalismo inca, austeridad quechua, repujado maya. Me reencarno azteca, guaraní, chavín, huari y de nuevo Tikal. Recojo aliento, me pregunto dónde perdimos la guía que orientó el crecimiento de las calizas que se yerguen ahora en medio de la selva. La comunión de la piedra y el bosque es absoluta, cada bloque le pertenece a un árbol, a sus raíces, a la savia que las riega, cada árbol es propiedad de la selva como cada piedra se mimetiza en la ciudad. La floresta cobija al conjunto y lo acomoda para su paseo por el universo.

Bajo a la explanada repleta de verde y luz, observo la piedra recortada sobre el cielo y me siento aprendiz impío, tallador imposible, desposeído de las habilidades que aquí reinaron por siglos. Trepo luego modernas escalinatas de madera para ver de nuevo las pirámides desde el aire, es la cita con los penachos de piedra coronando las cumbres. Siento cerca a las pléyades, a las constelaciones que los mayas consultaron para elaborar calendarios exactos mientras Europa se hundía en la barbarie. Descanso sobre piedra para mimetizarme en la armonía que se respira, compruebo que sí, que desde aquí se tocan las constelaciones.

Era una sola la nación maya, divididos ahora en varios países que no pudieron ser uno. Habitaron al sur de la península de Yucatán, parte de Guatemala y Honduras entre los siglos III y XV. Declinaban cuando los Incas llegaban a su máximo esplendor, se retiraron entonces de Copán, Quirigua, Piedras Negras, Palenke, Tikal, Chichenitzá. No fue el suyo un estado absolutista y hegemónico, crearon ciudades estado con lenguas diversas y cultura diversificada. Teorías explican su decadencia: fenómenos naturales, escasez de agua, guerras internas o el sencillo ciclo que discurre entre la vida y la muerte. Cuando el tirano Pedro de Alvarado arribó a las tierras de Quauhtlemallan, territorios de “muchos árboles”, el período maya clásico había fenecido.

Desciendo de las alturas para ir a otros espacios más discretos, pirámides cubiertas por raíces adventicias y hierba. Túmulos y elevaciones se confunden con la floresta durmiendo el sueño de siglos. No hay presupuesto, explican, para ponerlas en valor; quizá enterradas se conserven mejor, pienso. Los estados y gobernantes son ignaros y depredadores de lo mejor de nuestras culturas. Me pregunto acerca del modo en que fue dominado el bosque, imagino sus ceremonias suntuosas, con el cacao humeante recorriendo dedos cortesanos, sofisticación, sensibilidad para construir edificios que definieron la belleza. Sociedad estratificada, de príncipes y vasallos, de castas y exclusiones. Más allá nos muestran la Ceiba, el árbol maya, áspero al tacto, grueso, de copa austera, serio, enraizado firme su tallo en suelo delgado. Mientras el guía explica la lluvia aparece con la fuerza de un vendaval, buscamos refugio y hago una breve oración al dios enclaustrado. No nos escucha, en minutos los caminos peatonales se convierten en vías de caudales impredecibles. En otras épocas se guardaban en reservorios para atender a la población.

El diluvio sanciona el fin de la visita, con las ropas húmedas me veo sobre el asfalto que serpentea en medio de la selva. Atardece y en la espesura del follaje se queda Tikal, caliza y arenisca para la eternidad. Siento haber visitado la belleza permanente, el equilibrio, la sabiduría entramada entre los festones de piedra. Reconozco que las ilustraciones escolares fueron apenas un reflejo lejano del esplendor que va quedando atrás. Los mandiles drapeados eran en verdad serpientes emplumadas trepando hasta el santuario que habita la vía láctea. La cercana Isla de Flores nos acoge unas horas con su lago de aguas azules, la pequeña ciudad se apretuja en sus colinas trepando las pendientes y soportando el depredador efecto del progreso que derriba sencillas muestras de arquitectura colonial para reemplazarlas por el cemento y el vidrio polarizado. ¿Por qué será tan difícil reconocer que no hay turismo que prefiera lo que abunda en otras latitudes? Se requiere conservar, refaccionar, antes que derribar. Bebemos unas cervezas mirando el lago verde azulado moverse a ningún lado, engañando al viento. La poeta a mi diestra, esboza unas letras sobre las servilletas blancas. Miro con envidia delinear palabras, con la misma facilidad con que sus antepasados dibujaban sobre piedra.

Recorro el Petén en la ruta de regreso a Ciudad de Guatemala, extensos bosques hollados por la cinta negra del camino, ríos, puentes, bosques y más bosques me dan señales de la riqueza del país. También casuchas de madera pueblan la ruta. El pueblo maya, menudo, esbelto, con sus trajes coloridos, espera transporte a la vera del camino, conservan la altivez y distancia de sus ancestros. Tienen construido un mundo aparte, distinto, con veredas propias, espacios particulares sin vasos comunicantes con el país oficial, como hace siglos cuando Pedro de Alvarado los diezmó y trazó la línea divisoria entre lo blanco y lo cobrizo. Occidente es dueño ahora de todo lo que alguna vez les perteneció, de sus voces, de sus deseos y de su destino. Arribo a la capital para continuar de nuevo: Baja Verapaz nos espera. En los primeros años de la conquista la paz fue construida por dominicos pacificadores de la región. Es Santiago Cubulco el destino, se le conocía como Nima’Cubul o Cubuleb’ y es la tierra de los palos voladores: mayas devotos que cada julio se sujetan a troncos de árboles que se pierden en las nubes y giran y giran hasta que el dios de la lluvia escuche sus ruegos o la cuerda se rompa para volar por los aires como cuerpos celestes en busca de la vida que perdieron con la conquista.

Nombres mayas en el camino: Salama, Chol, Purulha, Rabinal, Chicaj. Una tras otra las colinas verdes sin fisuras se despliegan como cúpulas enterradas en el follaje. Un quetzal de fantasía vuela de sur a norte ocultando las huellas de la violencia guerrillera de los años ochenta y noventa. Rostros sosegados, derrotados, de los mayas del bus contemplan apacibles el camino, algunos ríen ignorando que son ajenos a su patria, ciudadanos expropiados de su suelo. Bartolomé de las Casas conocía bien éstos parajes, catequizó entre las etnias achí, pocomchí, quiché y cakchíquel. Entre ellas desplegó su doctrina liberadora. Por eso no es extraño que se conserve aquí la representación del etnodrama “Rabinal Achí”, que recuerda el reclamo que los rabinales del siglo XIII le hicieron a los gobernantes k'icheles por haber destruido sus pueblos. Narración oral que conserva las tradiciones culturales de un pueblo que se niega a morir y que también nos enseña que las injusticias no fueron solo patrimonio español.

No hay lugar exento de antigua cultura. Delgadas y altivas mujeres con vestimentas coloridas, silenciosas, discretas, nos llevan al pasado. Parecen custodias de la cultura ancestral, conservan sus vestidos tradicionales mientras los varones lucen jeans y zapatillas de dudosa originalidad. Saboreo fruta verde sazonada con chile picante, nítido rezago de la antigua culinaria maya. Se oye en el mercado corridos mexicanos, muestra clara de antiguas relaciones con territorios del norte. Formidables todo terreno muestran el dinero de los migrantes. De ellos vienen los ingresos que se transforman en cemento e inútil lujo estrafalario. La sutileza maya se sumerge en la modernidad vacía de tradiciones y referentes nacionales. Es el occidente ramplón, a medio digerir que se impone por escuelas, hogares y ciudades. Es cierto que el optimismo renace cuando se ve el mestizaje creativo y renovador: son expendedoras de tortillas con sus vestidos multicolores, lucen fuertes, vigorosas soasando las deliciosas y delgadas laminas de maíz que vienen del pasado.

Cambiamos el rumbo hacia el lago Atitlan, visitamos de nuevo la capital y seguimos la ruta de cien kilómetros hacia el oeste. Ascendemos vegetación tupida hasta sentir el aire frío, la ruta serpentea sobre la geografía que se eleva, disminuye el calor y las colinas romas, semejantes a cúpulas cercenadas, se esparcen en el verde infinito. De pronto retazos del lago se esconden y reaparecen entre el follaje que lo oculta, se intuye su acabado de postal fotográfica. En pocos minutos Panajachel la ciudad puerto del lago nos recibe bulliciosa y cosmopolita, las aguas azules se muestran integras. Una calima ligera se levanta y, al fondo, el volcán que protege la orilla opuesta es una presencia que se extiende por toda la ribera. Es una pirámide maya natural, es el molde, la referencia que nos conduce a Tikal, Palenque, Cobán. Su esbeltez parece moldeada a mano y le confiere al lago su personalidad intransferible. La superifice de agua, la vegetación y la pirámide de lava dormida forman un conjunto que no tiene duplicado en el mundo. Belleza interminable, difícil de abarcar, de pensar, sólo es necesario mirarla, sentirla. Decido pensar que Atitlan es la fuente de agua más elevada del mundo, sus azules son el nivel máximo de la tierra y hace que no desvíe su eje de rotación, nivela las fuerzas de gravedad y se opone al sol y a los planetas exteriores en su gira por la vía láctea. ¿Por qué la capital maya no se construyó en la cima del volcán y sus pirámides en las orillas del lago?

Tomamos una lancha ligera que surca las aguas hasta San Pedro. Van turistas y mayas aculturados que negocian, compran, venden. Los poblados de las orillas llevan nombres cristianos, de santos exóticos. Me pregunto cuándo recuperaran sus nombres originales. Ese día el volcán dormido nos dará su señal de alegría. Llegamos a un muelle vistoso y colorido, los nativos y lugareños se mezclan curiosos observando el arribo frecuente de lanchas sucesivas. El poblado trepa hasta las cumbres regando callecitas empinadas y retorcidas llenas de comercio y baratijas. Me siento en altura conveniente a contemplar las aguas. Veo lejano todo, aquí se está a la orilla del mundo, pleno, retozando el alma, acunando la belleza. Escucho hablar el Tzutuhil Kachiquel y Quiche, que se confunden con el inglés, alemán, español. Debió ser así desde milenios atrás, pienso, cuando el mundo maya era potente y comerciaban con Mexico y el caribe y propietaria de éstas aguas tranquilas que nos otorgan dimensión humana.

Sin lagos atitlanes nuestras vidas serían páramos olvidados, sequedad desértica. Por eso la necesidad de proteger sus orillas y sus aguas que ya comienzan a ser depredadas por nuevos y antiguos ricos que poco saben del respeto al santuario atitlan. Casas ostentosas de cemento y vidrio, hoteles de quince o mas niveles afean las orillas y exigen que una autoridad autónoma organice lo que es aún depredación evitable.

Me retiro de sus aguas, de Panajachel y me traslado en busca de Antigua, capital histórica de Guatemala. Se estableció en territorio de los cachiqueles en la zona del altiplano guatemalteco: Iximché. Luego tuvo otras locaciones hasta llegar a ocupar el sitio definitivo que ahora conozco. Ciudad museo, conserva edificaciones que mantienen intacto el aroma de antaño. En sus fachadas y calles adoquinadas se guardan los recuerdos de las crueldades de Pedro de Alvarado y de su viuda desconsolada que murió cubierta por el lodo del Volcán de Agua, trágico final para muchos invasores. Es también la casa de Luis Cardoza Y Aragón escritor, poeta y ensayista que es necesario leer para saber de Guatemala. Antigua se recorre con el tiempo detenido, sus calles rectilíneas conservan el espíritu de la época colonial. Restauraciones hechas con criterio y sapiencia le dan ahora a la ciudad categoría de recinto urbano protegido y admirado. Se nota la intervención de una burguesía ilustrada que entendió que depredar lo antiguo es sólo cercenarnos de historia, depurarnos de pasado, aunque éste sea colonial. Antigua me detiene, me atrapa, sus antiguas casonas y conventos conservan los pasos de los conquistadores y nos muestran la maestría de los alarifes mayas. Allí esta la ciudad mestiza, construida con amorosas manos cachikeles.

Los campanarios aún repican cuando es hora de partir, de dejar territorio maya. Las estampas de mi adolescencia me interpelaban sobre el origen de dos pueblos hermanos. Vine para saber si éramos hijos del mismo padre incubados en un sólo vientre. Descubrí que sí, que éramos desde siempre hermanos de sangre, premiados por la suerte de ser etnias cósmicas, como decía Vasconcelos en México. Eso somos, fundadores, hechura de estrellas, de universos míticos jamás derrotados. Siento que nos une la historia y el futuro compartido. Dos naciones en busca de una identidad y de un destino común que jamás se podrá desligar de la suerte latinoamericana, de nuestro pueblo continente. Nos une el maíz, la piedra y la obsidiana, los caiteles y las ojotas de caminantes hermanados por la tragedia y la victoria cercana.

Abajo se ve el aeropuerto La Aurora, esperando el retorno de sus hijos expatriados, de los amores idos, de las promesas incumplidas. Llevo libros, poemas y tierra maya; me servirán para recordar que llegué buscando escaleras drapeadas por donde transitar al cielo indagando mis orígenes. Sé ahora que los infortunios de mi patria son propiedad también de la Guatemala antigua que se pierde entre las nubes, allí abajo. Entiendo ahora que el Popol Vuh es mi biblia, el huipil mío y que la tierra de dioses olvidados será siempre un lugar para entenderme, un modo de ser andino y latinoamericano. Llegará el día, el siglo, en que vuelva Qutzalcoalt de nuevo a predicar entre los humildes, entre los que perdieron sus alas de serpiente emplumada. Seguro que así será, mientras, mi corazón se detiene y vuela hacia el volcán de los atitlánes para depositarse dormido.


 
Petecus,09.08.2010

Podés encontrarlo en:

http://-aukisa.blogia.com/
 
Petecus,09.08.2010

bHILOS EXTRAÑOS/b


El chofer cierra la puerta con una ligera inclinación de cabeza y Fernando Ruiz de Carbajal se acomoda con agilidad en el asiento posterior. Lunas oscuras, tapices y alfombra relucientes. El símbolo de la marca brilla circular sobre la tapa del motor. Los diarios al alcance de su mano. Mira con tensión los alrededores e iza el dedo índice con energía, la señal cruza el espejo retrovisor y se abre la verja de hierro. Una hilera de ficus se ordena sobre el verdor de la berma central. Mansiones desperdigadas sobre la exclusiva colina dejan pasar la comitiva. El carro de seguridad pegado al suyo, invadiendo el carril izquierdo.

Aceptó con desgano la seguridad impuesta por su directorio. Mi familia no tiene deudas sociales que pagar, carajo, - dice - cuando habla del tema. Mi fortuna viene de abajo, no le debemos a nadie, -explica. Ha ignorado también, contra la opinión de muchos, atender las solicitudes de pagos clandestinos que garanticen la tranquilidad de la planta y su vida. ¡Tonterías! repetía en voz alta. No tengo nada que temer…

A su retorno del extranjero fue asumiendo responsabilidades cada vez más importantes, hasta manejar la empresa al mismo tiempo que la violencia armada se instalaba en la vida cotidiana, ahogando todo resquicio de vida civil. Mira de soslayo los titulares:...huelgas, reclamos...los hojeará después. Aparecen pequeños lotes de fachadas estrechas y, a lo lejos, en los cerros del Rimac, casuchas desperdigadas como letreros anunciando la pobreza.

Pasó gran parte de la noche despierto, esperándola, las luces se hicieron innecesarias cuando se durmió. Ella es así, pensó, inmanejable, impredecible. En el semáforo, un hombre de su seguridad, armado, camina unos pasos sobre la pista provocando el vago interés de los transeúntes y la inquietud de los pilotos vecinos. Ingresan a la Panamericana para luego seguir por Circunvalación.

¿Por qué la hizo parte de su vida? Eran distintos, de dos mundos distanciados por las formas y las propiedades. ¿Qué hilos extraños manejaban las cosas? Esa noche lejana no tenía que haber ido a la planta. Pedir luego al supervisor que lo acompañara a recorrer las instalaciones fue sólo consecuencia de esas horas de insomnio y ruptura con su pareja de siempre. Pasaron por hilandería, telares, tintorería. Rostros desconfiados y distantes los miraban sorprendidos, y las voces de protesta elevándose sobre el ruido de las máquinas. Le sugirieron interrumpir la caminata. “No, aún no hemos terminado… pasará verá usted…” – dijo enérgico. Terminaron en acabados, iluminado recinto con las miradas puestas sobre ellos. Las piezas de tela se desparramaban sobre las mesas como rezagos de lava multicolor apenas enfriada. Mujeres de edad madura; se distinguía alguien, joven, desafiante, el pelo amarrado en la nuca y protector para el polvo en el rostro. Lo miró sin saludarlo. Al salir los alcanzó en la puerta, despojada del protector, hizo una señal para hablar. Se dirigió al supervisor

- Tenemos problemas con el baño de ésta sección…no se arregla desde hace días. Además necesitamos otro extractor de aire. Son pedidos que están en su escritorio… sin nada hasta hoy.

Ningún preámbulo, ninguna introducción. Moruna, menuda, delgada, porte altivo, fluida, precisa, como un escalpelo bien manejado. El supervisor nervioso se dispuso a contestar pero Fernando Ruiz de Carbajal se adelantó a la respuesta.

- Pediré los detalles de su reclamo. Solicitaré un informe hoy mismo. Descuide, lo atenderemos…señorita.
- No creo que requiera de informes y detalles, solo ordene que se atienda nuestro pedido...señor.
- Hay que seguir procedimientos… lo veré de inmediato.

Diciendo esto se retiró sin añadir palabra. Grupete de ineptos, desconocen la tirantez de la situación y no atienden una sencilla reparación. Lo vería de inmediato. Se acostó luego de rastrear el pedido en la computadora. Si, allí estaba. Ordenó se atendiera por la mañana. Ingresó a los archivos de personal. Por la mañana observó desde su habitación la salida del turno de noche y divisó la figura esbelta de Sabina Fernández alejándose presurosa con un maletín al hombro.

Llamó al jefe de planta.

- Dígame, ¿sabía que esa señorita de acabados es hija de un antiguo obrero y que está en el último año de universidad?

Titubeó el ingeniero, tratando de hallar el sentido de la conversación.

- No señor, lo ignoraba. Solo se que es miembro del sindicato y una de las más radicales.
- Que se tramite su traslado al área administrativa. Tiene las calificaciones suficientes. Haga las gestiones en Personal e infórmeme.

El ingeniero no tuvo oportunidad de replicar la decisión, de decirle que no estaba bien, que crearía problemas un ascenso así de intempestivo e inusual, que era inconveniente. Se calló.

Saliendo del elevador, por la tarde, la ubicó a través de una ventana baja, encendía la computadora y ordenaba papeles. Desvió la mirada, sintió la suya pegada a su espalda. Instalado en su sillón giratorio la voz de la secretaria por el intercomunicador:

- Señor…la señorita Sabina Fernández quiere hablar con usted. Dice que es un asunto privado.

Parada frente a él en armonía con el estilo sastre del uniforme, desafiante, tensa. Necesitaba salir del trabajo una hora antes, dos veces por semana. Eran sus horarios de la universidad que no encajaban por su cambio de ubicación. Sería sólo por el semestre que ya terminaba. Le respondió que coordinara con Personal, que enviaría instrucciones. Su padre trabajó con nosotros, Sabina. Si, es cierto, pero de poco le sirvieron veinte años de trabajo, se murió por el polvo que se llevaba de aquí. Como un estilete perforando toda palabra antes de nacer de mis labios. Se retiró acompañada del silencio, mostrando en su mirada iracunda un cierto estrabismo apenas perceptible. ¿Por qué mis deseos de conocerla?, nunca lo supe con precisión, sólo atracción irremediable. Se acercaba la avenida Prialé, la siguiente salida.

Encontró un motivo para convocarla a su oficina. Le pidió un informe intrascendente. Lo necesito en dos días, - le dijo - creyendo ser excesivo. Se lo entregó antes del plazo. Cuando se retiraba, le preguntó si podían conversar después de las horas de trabajo.

- ¿Por qué tendría que aceptar?...señor
- No, no tienes que aceptarlo.
- No puedo, no lo considero necesario. No veo porqué yo tenga que salir con usted.
- Tampoco sé con precisión porqué la invito.
- Cuando lo sepa me gustaría saberlo…señor

Salió dejando la gerencia como un cubículo insignificante y al gerente dibujado muy cerca de la torpeza y el desconcierto. Quizá debí dejar las cosas en su lugar, abandonar éste espacio extraño, ajeno a mis motivaciones de siempre. Pero, lo sedujo, de nuevo, el impulso vital con el que tomaba sus decisiones, y continuó hasta saber explicar sus razones. Se las dijo: “el control de tus emociones, el desinterés por conservar tu trabajo, además de un temple ajeno a todo cálculo. Tu trabajo de oficina es impecable. Así es de simple el asunto, hay que conocer a las personas como tú...”. Usted pensará que necesito vivir el cuento de la niña pobre enamorada del rico empresario. Se equivoca conmigo…señor. Tengo metas definidas y no pasan por su vida…se lo aseguro. Está bien, no pido que cambies tus metas, solo apenas un atajo, hablar, conocerte. Se equivoca, no sabe cuánto. Salió de la oficina sin añadir palabra, tranquila y quieta. Cerró la puerta dando una mirada hacia el interior, dejando la frialdad de su decisión en el camino.

Luego de unos días la llamó a su casa. No pareció sorprenderse. ¿En que le puedo ayudar? De nuevo la negativa, menos cortante, más asequible. Las llamadas se hicieron frecuentes a partir de ese día; era difícil ubicarla, sus horarios parecían más apretados que los suyos. Dijo tener un compañero, ¿novio?, no… compañero,- precisó - compartimos actividades, planes. Cada conversación era un cuestionamiento a su posición y negocios. Debería entregar su fortuna a los obreros, el dinero es de ellos. - señaló mordaz. Lo suyo es el robo legal, sistemático. Algún día lo entenderá. Me sacó del sindicato, pero ignora que sigo en sus reuniones, peor para usted y la empresa. Mejor para nosotros. Para Fernando Ruiz de Carbajal se estaba convirtiendo en un tema que iba más allá de un razonamiento sencillo. Rozaba con su terquedad y tozudez. Quizá te pases por mi departamento, - le dijo la noche anterior - quien sabe así nos entendamos mejor. Si, a esa hora está bien. ¿Envío por ti? No, conozco la zona.

La caravana pasa el municipio de Ate y se acercan a la fábrica, a la izquierda después del semáforo. El carro escolta en su lugar, bajan dos hombres armados, su chofer tenso, nervioso. De pronto algunos transeúntes se echan a correr sin sentido aparente; desde el suelo, detrás del carro del costado, surgen dos rostros con pasamontañas, dos bocas de fuego, se dirigen a él. Elevan las armas, apuntan, las balas impactan en las lunas blindadas desdibujando la visión. Disparan sin detenerse. Los vidrios se tiñen de sangre. Se agazapa debajo del asiento. Dos hombres de contención controlan el escenario con sus armas en ristre. Surgen disparos de la parte posterior del vehículo. El auto se llena de humo en segundos y es elevado por los aires junto a un ruido ensordecedor que lo atonta y le hace sangrar los oídos. Por las lunas destruidas ingresan las balas sin cesar. Alcanzan su mentón. Se toma la cara cuando ve surgir por la ventana contraria, en medio de la humareda, un rostro cubierto. Reconoce la fría señal estrabica en su mirada. El odio dibujado, ¿por qué?, no entiende… ¡Muere, muere perro maldito! Una llamarada de fuego sale de la punta del cañón, lo impulsa contra la puerta entreabierta, su cuerpo se descuelga sobre la pista. La ve alejarse, fuerte, caminando lenta, altiva. No alcanza a ver si ella voltea su mirada.



Hugo Chacón Malaga (aukisa)
 
Petecus,09.08.2010


En btwitter/b lo podés encontrar en:

http://twitter.com/aukisa
 
marimar,13.08.2010
Busco a Letuciaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
 
marimar,13.08.2010
busco a rhcastro
 
marimar,13.08.2010
gracias!!!! el que busca encuentra jajaja
 
bordelinepers,28.08.2010
Ariana

En su niñez volaba. Ocurrió de repente, como ocurren las certezas que están unidas a la ineludible rueda de la vida esperando la ocasión de expresarse. Desplegando sus manos de niña con naturalidad reunía bajo la yema de sus dedos toda la bondad y belleza del mundo. Algunos intuyeron siempre que ariana algún día desplegaría sus alas sobre el cielo azul de karhua.

Miradores altos rodeaban la hacienda. Desde el más elevado, el markasani, se veían las lejanas aguas del apurimac y se escuchaba el murmullo de su conversación. Las elevaciones rodeaban la comunidad y sus estribaciones podían ser vistas desde cualquier lugar de la planicie. Ariana recorría sus cumbres con presteza persiguiendo libélulas y pequeños picaflores. Todos la observaban angustiados caminar por los bordes de los acantilados, veloz, pretendiendo detener el vuelo de un wankoyro diminuto mientras agitaba al viento su báculo hecho con madera de chirimoyo. Le agradaba correr tras de seres que se elevaran hacia el cielo y que no superaran el tamaño de su mano. Su determinación era proverbial y no cejaba en el intento hasta tener en sus manos iridiscentes y vertiginosos aleteos que esparcieran polen dulce en sus manos. Retornaba entonces a la casa hacienda liberando los animalillos y canturreando melodías que le enseñaban las mujeres del lugar.

En el camino mostraba a los que quisieran verlo, las formas y colores extraños de estos bellos y diminutos seres que en sus manos crecían de repente hasta alcanzar el tamaño de los siwar. Los seres alados que lograba detener en sus dedos cambiaban su destino. Crecían frente a su vista. Lo suficiente como para ganarse el derecho de ser nuevamente libres. Los soltaba juntando sus dedos como en una oración y los acercaba al cielo dejándolos volar por el espacio azul con el tamaño transformado. Algunas veces las criaturas lograban escapar de sus manos. Giraban hacia el espacio infinito batiendo libres sus alas sobre los coloridos campos sembrados de quinuales bermellones, trigales de tonalidades azul grana, tunales que formaban color recién al abrirse. Junto a ellos, chirimoyos de luminosidades terracota, pacaes gigantescos, cañaverales que proveían de jugos de distintos sabores y colores a la enorme falca de dorados bronces que destilaba licores que se bebían en las fiestas del aire, de la luz, del agua y de la luna. El bronce de la falca descansaba en el corazón del markasani. Allí, con iluminación permanente trabajaban sin descanso los pequeños especialistas venidos de la comunidad cercana de cconoc. Los árboles, las plantaciones, las flores y los frutales dibujaban en el campo cuadrículas multicolores que desde el aire se veían sólo de tonalidades verdes, repitiendo un patrón desconocido para los humanos. Así evitaban la llegada de visitantes que pudieran verse atraídos desde el aire sólo por la espectacularidad de los colores de karhua.

Ariana desde los farallones observaba la inmensidad de la planicie. Se detenía al borde de las alturas con sus pequeños zapatitos visibles desde el suelo, logrando un equilibrio que todos hallaban imposible de alcanzar. Entonces sus castaños ojillos acuosos observaban impotentes desaparecer en el infinito a esos seres que batían sus alas al compás de los números que ariana descubría. Si, conocía la cantidad de aleteos que poseía cada diminuto ser y los comparaba con un patrón de tiempo que ella había inventado. Su silueta recortada contra los riscos se hizo popular entre los hombres de la hacienda que coreaban admirados: ¡Jajayllas, Jajayllas¡, cada vez que observaban su diminuta figura desafiar a la vida descolgándose de cumbres y peñascos con la facilidad de una hormiga celeste. Estas sonoras exclamaciones se deslizaban con suavidad por los llanos y escalaban el markasani donde se guardaban para siempre.

Su madre había ya renunciado a controlarla por ser tarea imposible. Temía que sus osadas travesías sobre los riscos le significarían a ariana perder la protección de esa figura invisible que la cuidaba y vigilaba. Todos los habitantes de la comunidad estaban seguros de la existencia de ese ser, pero nadie lograba verlo. Se comentaban historias en torno a su forma y procedencia. Unos decían que era una niña vestida de púrpura, de largos cabellos y mirada dulce que se cansaba de seguir a ariana en sus diarias correrías. Otros aseguraban que se trataba de un niño vestido a la usanza de la zona, pero distinto por los hilos de oro que refulgían de sus ropas. No había acuerdo en este detalle. Pero todos coincidían en pensar que ariana tenía poderes para vencer la atracción de la tierra fuerza inevitable para todos los mortales. Afirmaban que esa virtud anidaba en su mirada. En un lunar transparente que podía ser percibido sólo con el sol ausente y posando ella su mirada en la luna llena. No era posible observarlo en otro momento y no todos podían verlo. Aquellos que lograban advertirlo tenían en su corazón la mirada y la sonrisa de niño, además de la capacidad de recorrer los riscos sin temor a perder la vida. Pero sentían miedo y desconfianza de ejercer la libertad de volar. Tampoco podían ignorar la opinión de los espíritus de las montañas que siempre tenían miradas acusadoras para cualquier práctica que se saliera de las costumbres establecidas.

Un día logró atrapar una pequeña mariposa amarilla que tenía rota sus alas. En sus manos se recompuso en instantes y creció como sucedía siempre. Liberó sus alas amarillas y remontó vuelo transformada en brillante luz que revoloteó alrededor de ella sin querer partir. La acompaño durante 99 días y 99 noches. La mariposa se hizo parte de las actividades diarias de la casa durante ese tiempo. Se suspendía sobre su cama alumbrando la habitación con gran luminosidad. Bajo esa luz ariana hojeaba sus cuentos con detalle hasta que todos cayeran rendidos por el sueño. En ese instante del amanecer la mariposa descendía a la cabecera de la cama y dormía mirando el rostro de la niña. La acompañó en días de lluvia y de sol sin cambiar de apariencia ni de tamaño. Posándose sobre su hombro inducía a ariana a tranquilizarse y a dejarse caer sobre la hierba húmeda quedándose dormida. La luz entonces se alimentaba besando sus labios. Regresaba a casa bien entrada la noche con la mariposa revoloteando a su alrededor. Contaba entonces las historias vividas ese día. Los trabajadores de karhua, sus hermanos y padres se sentaban alrededor para escuchar las leyendas acerca del sonido que produce el aleteo de cada animalito que ella capturaba, o el significado de sus variados lenguajes. Aseguraba que carecían de vocales y era muy fácil de aprender si se escuchaban sus sonidos al revés. Era una rutina que se prolongó durante mucho tiempo hasta que ocurrieron los hechos que cambiaron las costumbres de la hacienda. Fue el tiempo en que la luz de la mariposa partió hacia las cordilleras. Fue la única vez que hubo luminosidad suficiente para observar los rostros adustos de los señores de las montañas ocultas entre las rugosidades de los acantilados.

Era un día en que se cosechaban los frutales. Las mujeres liberaban a los tunales de sus espinas con mantas multicolores. Cantaban y bailaban siguiendo los sonidos que emanaban de la hendidura de un peñasco cercano. Se sabía que esa oquedad se iniciaba en las cercanías del puente ccunyac donde podía verse la dorada puerta sagrada de ingreso a karhua. El paso subterráneo recogía los sonidos del apurimac y los conducía por leguas transformando el sonido del agua en melodías que eran usadas según la ocasión. Afirmaban que los acordes eran la respuesta de la tierra a la felicidad que le producía saber que ariana corría feliz sobre sus venas. Esta vinculación debió ser cierta porque unos días el peñasco dejó de cantar y las cosechas se suspendieron. Fue cuando enfermó de una rara gripe que le producía sonrisas de colores y fiebre que condensaba el aire a su alrededor y precipitaba una fina colorida llovizna que descendía únicamente para ella, Ese día de luz brillante la recolección avanzaba con rapidez al ritmo de la música y los cantos. Mientras ariana desde lo alto de un mirador escudriñaba el horizonte buscando un escarabajo volador perdido entre la ventisca. Nadie le dio importancia a un hecho tan común.

La atención cambió sin embargo cuando ariana fue vista remontando los aires persiguiendo al extraño animalillo. Su cabellera se extendió por el espacio azul con su ropa flotando en el aire mientras atravesaba los vientos que venían del sur y se dirigía con los brazos extendidos sobre los cañaverales naranja. Los danzantes detuvieron su trabajo y miraron embelesados el paso del pequeño acorazado volador seguido muy cerca por ariana que se había negado a que el escarabajo se liberara de su destino. Tomándolo entre sus manos descendió suavemente por la colina y terminó posando sus pies en medio de los pacaes gigantes. Allí el escarabajo remonto vuelo transformado en calandria diminuta. Más tarde explicó ariana que un escarabajo volador de gran tamaño hubiera asustado a los niños del campo. La fiesta continuó, el trabajo continuó después de este hecho que no sorprendió a los que lo vieron. Sabían que esto sucedería algún día. Muchos vieron a la figura protectora extendiendo sus manos luminosas en torno a ariana. De cabellos dorados y vestidos púrpura, explicaron emocionados.

Desde ese día la cabellera brillante de ariana era vista desplegada al viento por todos los confines de la comunidad. Un día aquí, otro mas cerca de las elevaciones. Siempre acompañada de seres diminutos revoloteando a su alrededor. Siempre atendiendo a las personas que requerían ayuda y alivio de sus penas.

La última ocasión que ariana quiso ver el mundo desde los aires fue durante la fiesta de las aguas. Ese día todos los líquidos y hielos de la comunidad eran conducidos hasta una pequeña laguna de color turquesa que servía de albergue a variedad de insectos, plantas y animales de la planicie. Allí se revitalizaba el color y consistencia del agua. Luego le añadían los sonidos del apurimac que se guardaban también en el markasani y las redistribuían por toda la comarca. Ariana quiso elevarse sobre la laguna protegida por la bellísima luminosidad de sus anteriores experiencias voladoras. Dudó un instante en impulsarse. Pensó que la luz acudiria con un sonido breve que emitió su voz con rapidez. No obtuvo respuesta. Espero unos segundos y decidió emprender vuelo, segura que no sería descuidada por su niña protectora. Enorme fue su sorpresa al comprobar que no pudo elevarse hacia los vientos a pesar del esfuerzo que puso su corazón. Se internó en las aguas, se tiñó de turquesa. Salió de la laguna ayudada por los campesinos que siempre la rodeaban cuando ella estaba en la planicie. La secaron con presteza sin percatarse que la niña luminosa le decía al oído: no debiste dudar, no debiste llamarme, se vuela sin pensar, solo deseándolo. Mientras esto ocurría, los campesinos la vieron crecer de repente dejando de ser la niña que tanto tiempo había recorrido las alturas, volando como las pequeñísimas aves y caminando por los arroyos naranja aliviando a los enfermos con su mirada. Entendió con rapidez que la razón que sostuvo su prolongada infancia fue la fe que perdió de pronto esa mañana frente al espejo de aguas turquesas que bañó su niñez y la transformó en pequeñísimos instantes en adulta en una ecuación de tiempo que se presenta cuando la fe se ausenta. No se sintió triste, porque entendió con transparencia que la niñez tiene un tiempo y un espacio, que los sueños se cumplen cuando se sueñan y que los años que podemos volar venciendo la fuerza de la realidad terrena debemos hacerlo. Fui feliz y contagie de felicidad a mucha gente, -dijo- . Lo llevaré en mis recuerdos y en mis días por venir. Aprendí que era necesario creer en lo que no veía ni oía, ni tocaba mis sentidos, en lo que estaba más cerca de mi corazón. Dudé y el hacerlo me quitó la niña eterna que llevaba dentro. Pero los días de sol y lluvia continúan, -dijo finalmente.

Ariana ha salido para siempre de karhua. Ha crecido aún más y recorre el mundo en estos días. Ha estado en los lugares más altos del planeta sin precipitarse por sus cornisas. Ha caminado por interminables elevaciones donde la nieve conversa con los astros. La conduce la nostalgia de los días que veía desde el cielo los campos multicolores cubiertos por distintas tonalidades de verde siguiendo un patrón negado para los comunes. En los últimos años ha descubierto el amor terrenal y también lo ha perdido. Ha aprendido que este sentimiento se renueva en cada minúsculo espacio de la vida. En el vuelo de un insecto multicolor que va creciendo ante nuestros ojos o en la espuma de las olas que bañan nuestros pies sin descalzar. Ariana también puede ser vista en las grandes ciudades con la misma soltura que camina por los bosques selvas y llanuras del continente.

En todo instante sabe, no olvida, que hay seres que cuidan su felicidad y su destino. Seres que construyen esquinas amarillas, puntos de encuentro para humanos que recorren sus vértices con direcciones en la mano. Hoy navega en tierra, contra el viento de la desesperanza y la soledad, muy cerca de la felicidad. De su niñez conserva variedad de sonrisas que aprendió aquellos días de febril temperatura, y que usa con frecuencia desprendiéndose de sus labios acompañadas de los colores de su infancia. Las usa siempre confundiendo los sonidos, mezclando sus intenciones. En días de sol intenso algunos niños han podido observar una fina garúa que la acompaña y en su respiración se percibe aún a la niña amiga vestida de púrpura que ha asegurado que un día volverá a mostrarse ante sus sentidos para conducirla de nuevo por los senderos bifurcados de sus sentimientos. Se está preparando para ese momento. Escribe con frecuencia sus ideales, detallando con severidad en rugosos papeles amarillos los ajustes a sus debilidades. Algunos tienen el privilegio de observar las alas ocultas detrás de su corazón.

ESTE ES MI CUENTO FAVORITO.
 



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